Autor: Julián David Pinzón Bejarano

  • Sergio Marchi destaca a Rock al Parque como una institución del rock que trasciende fronteras

    Sergio Marchi destaca a Rock al Parque como una institución del rock que trasciende fronteras

    Rock al Parque no es solamente una sucesión de conciertos. Para Sergio Marchi, periodista argentino especializado en rock, el festival representa una experiencia cultural que combina música, público, periodistas, artistas y equipos técnicos alrededor de una misma celebración. Invitado a participar en el Foro Internacional de Periodismo de Rock – Rock al Parque 30 años, Marchi llega a Bogotá con curiosidad y con la mirada de quien viene de una escena donde no existe una tradición comparable de festivales públicos y gratuitos.

    Un festival que encontró su propia identidad

    Marchi reconoce que parte de su aproximación a Rock al Parque comienza desde una confesión: no conoce en detalle sus 30 años de historia. Esa distancia, sin embargo, le permite observar aquello que diferencia al festival colombiano de buena parte de los encuentros musicales que conoce en Argentina.

    En su país existen festivales privados y algunos eventos gratuitos, pero, según explica, no hay una tradición sostenida durante tres décadas como la que representa Rock al Parque. Para él, esa característica ya marca una diferencia y ayuda a explicar por qué el festival terminó construyendo una identidad propia.

    “Lo bueno de Rock al Parque es que se ha vuelto como una especie de institución.”

    A esa identidad se suman los artistas internacionales, los encuentros entre periodistas de distintos lugares y la posibilidad de que diferentes escenas musicales entren en contacto. Para Marchi, todo ese movimiento alrededor de la música también hace parte de lo que convierte a un festival en un espacio cultural y no únicamente en una programación de conciertos.

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    Su reconocimiento va más allá de la ciudad. Después de dos años viviendo en Colombia, el periodista asegura que le resulta significativo comprobar cómo el nombre de Rock al Parque ha cruzado las fronteras de Bogotá y del país hasta convertirse en una referencia para los círculos roqueros de otras latitudes.

    El público, el periodismo y las bandas que todavía no conocemos

    Uno de los asuntos que más le interesa a Marchi es la relación entre el festival y la formación de públicos. El espectador tiene sus preferencias, llega buscando determinadas bandas y difícilmente puede ser conducido por completo hacia nuevos sonidos. Pero ahí aparece, considera, una responsabilidad para quienes cuentan la música.

    Los periodistas pueden poner sobre la mesa nuevas propuestas, explicar por qué vale la pena escucharlas y ampliar la conversación alrededor de artistas que quizá todavía no hacen parte del radar del público.

    “Los periodistas tenemos un poquito de responsabilidad, pero también el público no lo podés manejar.”

    Esa será parte de la conversación que Marchi llevará al Foro Internacional de Periodismo de Rock – Rock al Parque 30 años, donde participará como primer orador. El desafío, reconoce con humor, es preparar una charla que consiga decir algo interesante sobre un oficio que también cumple una función dentro de la escena musical.

    Pero su mirada sobre Rock al Parque no termina en la prensa ni en las bandas. Para Marchi, cada festival es una oportunidad de encuentro en la que también participan quienes hacen posible que la música llegue al escenario: sonidistas, iluminadores, técnicos, productores y equipos provenientes de diferentes lugares.

    Una reunión de tribus y una memoria por construir

    Esa dimensión colectiva es, precisamente, otra de las características que encuentra en Rock al Parque. Marchi describe los festivales como una suerte de reunión en la que nunca se sabe completamente qué ocurrirá cuando todas esas personas coincidan en un mismo lugar.

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    La experiencia, dice, no depende solamente de los músicos y del público. También está determinada por la disposición de quienes trabajan detrás del escenario, por su voluntad de colaborar y por el objetivo común de que cada artista pueda entregar el mejor espectáculo posible.

    “Es como la reunión de las tribus.”

    Para Marchi, formar parte de esta edición es apenas una pequeña pieza dentro de una historia mucho más grande. Su participación como periodista, invitado y espectador se suma a un legado que, después de tres décadas, ya pertenece a varias generaciones del rock.

    Y quizá esa sea una de las particularidades que más le interesan de su llegada a Bogotá, no solo venir a escuchar bandas, sino encontrarse con una historia que ya tiene 30 años sonando y que ahora le permitirá sumar su propia mirada a la memoria de Rock al Parque.

    *Foto: Nicolás Romero

  • La Monky Band regresa a Rock al Parque con más experiencia, energía y un show renovado

    La Monky Band regresa a Rock al Parque con más experiencia, energía y un show renovado

    Para La Monky Band, volver a Rock al Parque no significa simplemente repetir una presentación. Después de su debut en 2024, la agrupación bogotana regresa al festival con más experiencia, nuevos aprendizajes y la intención de llevar a la tarima el recorrido que ha construido durante más de una década.

    David Jiménez, conocido como Daviko y baterista de la banda, asegura que llegar hasta este punto ha sido resultado de un proceso de 10 años de trabajo. En ese camino, las dificultades y las caídas también se convirtieron en parte fundamental del aprendizaje.

    “Muchas veces caerse es más importante que ganar”, explica Daviko al recordar el recorrido de la agrupación. Para el baterista, cada tropiezo les permitió encontrar nuevas maneras de hacer las cosas y acercarse a aquello que siempre han querido construir.

    Aunque reconoce que todavía queda mucho por alcanzar, considera que esos años de trabajo han sido determinantes para convertir a La Monky Band en lo que es actualmente.

    Una banda que cambia sin perder su esencia

    Durante estos años, Monky band también ha experimentado una evolución musical. Sin embargo, hay elementos que, según Daviko, permanecen intactos: la fuerza, la energía, el baile y la alegría que han acompañado a la agrupación desde sus primeras grabaciones.

    La diferencia está en todo lo que han aprendido en el camino. La banda ha crecido en aspectos musicales, técnicos, vocales y estructurales, mientras continúa explorando nuevos ritmos, cortes y arreglos. La intención, explica el baterista, no ha sido quedarse en una fórmula, sino seguir buscando qué más puede aportar la agrupación a su sonido.

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    Esa transformación también está relacionada con la manera en que entienden el trabajo colectivo. Mauricio López Alcalá, conocido como Pollo y vocalista de La Monky Band, señala que cada persona que llega a la agrupación aporta su propia energía.

    Para Pollo, esa dinámica no se limita a los músicos. El equipo técnico y las personas encargadas del sonido, las fotografías, las luces y las demás labores también hacen parte de esa energía.

    Incluso los ensayos terminan convirtiéndose en espacios de encuentro y diversión que después se reflejan en las presentaciones.

    Volver a Rock al Parque con una nueva responsabilidad

    El regreso al festival tiene un significado especial para la agrupación. Su primera participación, en 2024, coincidió con un momento que la banda considera determinante para confirmar que podía alcanzar nuevas metas. Ahora, regresar como una de las agrupaciones ganadoras de la beca de mediana trayectoria supone un reto diferente.

    “Volver este año a Rock al Parque a celebrar los 30 años (…) nos llena de mucha más responsabilidad”, afirma Pollo. La agrupación tendrá 40 minutos para presentar su propuesta y mostrar no solo su propia evolución, sino también una mirada al rock bogotano.

    Más allá del horario o de la cantidad de personas que puedan encontrarse frente a la tarima, la banda espera que su música logre conectar con quienes lleguen a escucharla. Para Pollo, incluso llegar a un grupo reducido de personas y conseguir que disfruten la presentación sería motivo suficiente para sentirse satisfechos.

    David Nesta, sonidista de La Monky Band, coincide en que la energía de la agrupación nace de su propia forma de relacionarse. La música, explica, funciona como un reflejo de lo que ocurre cuando están juntos: compartir, divertirse y disfrutar de la música.

    Por eso, uno de los propósitos de la banda es reducir la distancia entre escenario y público hasta convertir la presentación en un encuentro colectivo. La fiesta, el movimiento y la energía que caracterizan a La Monky Band buscan que quienes estén frente a la tarima no sean únicamente espectadores, sino parte de lo que ocurre durante el show.

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    Para esta nueva presentación, la agrupación asegura que llega con un espectáculo preparado desde la experiencia de su primera participación y de todo lo que ha ocurrido desde entonces.

    Entre caídas, momentos de celebración y aprendizajes, La Monky Band se prepara para regresar a Rock al Parque: serán 40 minutos que reflejen su crecimeinto.

    La banda sabe que el escenario será también una oportunidad para seguir creciendo y para que nuevas personas entren en contacto con su música. Esta vez, con tres décadas de Rock al Parque como telón de fondo, La Monky Band quiere demostrar cuánto puede cambiar una banda sin perder la energía que la hizo comenzar.

    *Foto: IG La Monky Band

  • Lutter llega a Rock al Parque con un sueño que comenzó en 2003

    Lutter llega a Rock al Parque con un sueño que comenzó en 2003

    Lutter está a punto de cumplir uno de los sueños que sus integrantes comenzaron a construir desde que empezaron a hacer música en 2003. Para la agrupación, llegar a Rock al Parque representa años de trabajo, madurez y la transformación de una pasión en un proyecto que hoy asumen profesionalmente.

    Construir una banda también es crecer

    Para Julián Rojas, guitarrista de Lutter, hay algo que no ha cambiado desde aquellos primeros años: las ganas y el deseo de “comerse el mundo” con la música. Lo que sí se transformó fue la manera de asumir la banda. Con el tiempo, tuvieron que madurar y dejar de verla como un hobby para entenderla como un trabajo y como un proyecto que les pertenece.

    Jorge González, vocalista de la agrupación, recuerda que parte de la identidad de Lutter comenzó a definirse cuando se incorporó a la banda y empezó a escribir las letras junto a Rojas. En ese proceso fueron encontrando el sonido que querían construir, tomando elementos de distintos géneros y dejando que las canciones avanzaran hacia aquello que realmente les gustaba.

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    Para González, ese camino también permitió que Lutter encontrara un espacio para el pop punk en Rock al Parque, un género que, según el vocalista, cuenta con una importante comunidad de seguidores. Su participación representa así una oportunidad para llevar ese sonido a uno de los escenarios musicales más importantes de Bogotá.

    Rock al Parque como un nuevo comienzo

    La llegada al festival tiene además un significado personal para Julián Rojas, cumplirle la promesa a aquellos jóvenes que comenzaron a tocar un instrumento y soñaron con tener una banda. Ahora, al alcanzar esa tarima, Lutter puede mirar ese recorrido con la satisfacción de haber llegado a un lugar que imaginó durante años.

    Para Fercho Real, baterista de Lutter, pisar el escenario que veía desde pequeño también hace que el sueño sea más tangible, pero al mismo tiempo aumenta la ambición. Al recordar que desde pequeño vio en esa tarima a bandas como Kraken y La Pestilencia, el músico asegura que, una vez cumplido este sueño, llegará el momento de preguntarse qué sigue.

    Y ese “qué sigue” ya comienza a tomar forma para la banda. El siguiente paso implica más música, nuevas grabaciones y escenarios de mayor alcance. Camilo Vargas, guitarrista de Lutter, explica que el crecimiento de la agrupación también exige inversiones y un equipo de trabajo más amplio, hasta el punto de que el proyecto termina funcionando casi como una empresa que debe atender distintos frentes.

    Además: V for Volume y una historia de transformación en Rock al Parque

    En ese camino, las experiencias compartidas con agrupaciones de mayor trayectoria también han ampliado sus expectativas. Alejandro Chacón Flórez, bajista de la banda, señala que haber compartido escenario con Simple Plan y Asking Alexandria les permitió tener otra perspectiva sobre lo que pueden hacer y, después de esas experiencias, entender que Lutter está hecha para grandes cosas.

    Así, el debut de Lutter en Rock al Parque reúne el pasado y el futuro de la agrupación: el sueño que comenzó en 2003 y las nuevas metas que empiezan a aparecer justo cuando uno de sus grandes sueños está a punto de cumplirse.

    *Foto: Nicolás Romero

  • “Las mujeres somos importantes en el rock”: María José Camargo sobre V for Volume y Rock al Parque

    “Las mujeres somos importantes en el rock”: María José Camargo sobre V for Volume y Rock al Parque

    V for Volume nació en 2008 y, desde entonces, su historia ha estado marcada por la transformación. La banda ha cambiado de integrantes, sonidos y formas de presentarse en escena, pero ha conservado algunas influencias que siguen haciendo parte de su identidad: el punk, el metal, la música electrónica, las fiestas y los raves.

    Para María José Camargo, vocalista de la agrupación, esa capacidad de mutar es precisamente una de las características principales de V for Volume.

    La cantante considera que la banda nunca ha encajado en una sola categoría y que tampoco busca hacerlo. “Nadie nunca nos ha podido poner en una cajita y nunca van a poder ponernos en una cajita”, afirma.

    Esa búsqueda también atraviesa la manera en que la banda construye sus presentaciones. V for Volume se caracteriza por una puesta en escena física y enérgica, en la que sus integrantes terminan involucrándose directamente con el público.

    Camargo describe esa conexión como una especie de “violencia de amor”, una energía que hace parte de la experiencia de la banda en vivo.

    Una banda que encontró en la experimentación su propia identidad

    La identidad visual y sonora de V for Volume también está relacionada con las inquietudes de sus integrantes. Camargo recuerda que en los comienzos de la agrupación había una curiosidad compartida por los fanzines, el anarquismo, la novela gráfica. Esa mirada amplia terminó reflejándose también en sus videos y en la estética de la banda.

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    Con el paso de los años, la cantante asumió un papel cada vez más activo en la composición y producción. Reconoce que al principio esperaba que alguien más le diera el impulso para comenzar a desarrollar sus canciones, hasta que decidió tomar las riendas de ese proceso. Desde entonces, asegura, ha procurado mantener una producción constante.

    Ese recorrido también modificó su propia manera de entender la identidad artística. Camargo sostiene que no la concibe como algo fijo, sino como un proceso de descubrimiento y reinterpretación. En su caso, la vulnerabilidad ocupa un lugar central en esa búsqueda: escuchar lo que aparece, dejarse llevar por el instinto y permitir que las ideas encuentren su propia forma.

    V for Volume y sus distintas etapas en Rock al Parque

    La relación de V for Volume con Rock al Parque también ha acompañado esa transformación. La primera participación de la banda ocurrió poco después del lanzamiento de su primer material y llegó en un momento de crecimiento acelerado. Camargo recuerda que todo sucedió tan rápido que no tuvieron tiempo suficiente para dimensionar lo que significaba estar en el festival.

    La segunda presentación tuvo otro contexto. La agrupación llegó a una etapa en la que ya había una conciencia más clara sobre su identidad y sobre lo que quería decir desde el escenario. Camargo recuerda que aquella puesta en escena estuvo atravesada por una mirada feminista y por la reivindicación del papel de las mujeres en el rock.

    “Las mujeres somos importantes en el rock”, señala la vocalista al recordar ese momento, que también estuvo relacionado con su trabajo en Todo Poderosa, colectivo de mujeres en la música.

    La presentación se convirtió así en otro espacio para llevar al escenario algunas de las ideas y preocupaciones que atravesaban a la artista en ese momento.

    Ahora, V for Volume prepara una nueva participación en Rock al Parque con una propuesta diferente. La banda trabaja en una presentación con elementos teatrales, vestuario y recursos visuales, la idea, explica Camargo, es llevar esa narrativa al festival y convertir el concierto en una experiencia en la que las historias, las imágenes y la interacción con el público tengan un papel fundamental.

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    Para esta edición de Rock al Parque, V for Volume promete una presentación con sorpresas, momentos de interacción y una puesta en escena pensada especialmente para el encuentro con el público. Después de una historia marcada por los cambios, la banda vuelve al festival manteniendo aquello que Camargo considera esencial: la curiosidad por descubrir qué puede venir después.

    Porque si algo ha definido a V for Volume desde 2008 es precisamente eso, mutar sin perder su esencia y seguir creando sin aceptar una etiqueta que la defina por completo.

    *Foto: V for Volume

  • ¿Por qué algunas calles de Bogotá tienen nombres de países, ciudades y personajes?

    ¿Por qué algunas calles de Bogotá tienen nombres de países, ciudades y personajes?

    Caminar por las calles más antiguas de Bogotá es recorrer una ciudad que ya no existe. Basta levantar la mirada para encontrar nombres que parecen pertenecer a otro tiempo: Calle de la Fatiga, Calle del Embudo, Calle de las Culebras, Calle del Pecado Mortal, Calle de los Herreros, Calle del Silencio o Cara de Perro. Hoy pueden parecer curiosos, pero alguna vez fueron referencias cotidianas para quienes vivían en Santa Fe.

    Antes de que Bogotá se organizara mediante calles y carreras numeradas, sus habitantes necesitaban otras formas de orientarse. Una vía podía recibir el nombre de una iglesia, un oficio, una fuente de agua, una característica del terreno o una historia que circulaba entre los vecinos. El nombre no era solamente una dirección: describía el lugar y ayudaba a construir una memoria colectiva.

    El Archivo de Bogotá explica que hasta el siglo XVII las calles no tenían una nomenclatura oficial y eran reconocidas precisamente por esas características. Aparecían nombres como la calle del Árbol, la del Silencio, la de las Brujas, la del Panadero o la de la Agonía. En 1774, el virrey Manuel Guirior ordenó poner nombres a las calles y números a las casas, aunque durante décadas convivieron las denominaciones oficiales con los nombres utilizados popularmente.

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    Así comenzó a formarse un mapa que, más que un plano, parecía un relato de la ciudad.

    La Calle de la Fatiga, cuando una pendiente terminó bautizando una calle

    Hay nombres que no necesitan una gran leyenda. Basta caminar por el lugar para entenderlos.

    La Calle de la Fatiga, correspondiente a la actual calle 10 en el sector cercano a la carrera 4, recibió su nombre por la pendiente que hacía especialmente exigente recorrerla. Quien emprendía el ascenso entendía rápidamente por qué los habitantes la identificaban de esa manera.

    La Calle de la Fatiga
    Foto: Alcaldía de Bogotá

    Pero esta calle también conserva una historia relacionada con el agua. Parte de su recorrido estuvo vinculado con Aguanueva, sistema que durante el periodo colonial conducía aguas del río San Francisco hacia la Plaza Mayor. Una vía que hoy hace parte del recorrido por el Centro Histórico fue, entonces, parte de una infraestructura fundamental para la antigua Santa Fe.

    El nombre resume una de las características de aquella nomenclatura: la ciudad podía bautizar un lugar simplemente por aquello que sus habitantes experimentaban al recorrerlo.

    La Calle del Embudo, donde Bogotá dejó de parecer una cuadrícula

    Hay lugares que parecen resistirse a la geometría. Uno de ellos es la Calle del Embudo, en el entorno del Chorro de Quevedo.

    Su nombre está relacionado con la forma particular de la vía. Sus aceras forman un ángulo agudo y el espacio se estrecha en uno de sus extremos, produciendo la apariencia de un embudo.

    La Calle del Embudo
    Foto: Visit Bogotá

    Pero la forma de esta calle también habla de cómo creció Bogotá. Mientras buena parte de la ciudad colonial fue organizada bajo una cuadrícula, en este sector la topografía y los caminos anteriores al trazado español dieron lugar a calles más irregulares. El Embudo es, en cierta forma, el resultado de una ciudad que intentó ordenarse sobre un terreno que no siempre se dejó ordenar.

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    Hoy el callejón es uno de los espacios más reconocibles del entorno del Chorro de Quevedo y conserva parte de la memoria urbana de la época colonial y republicana.

    La Calle de las Culebras, cuando la naturaleza también puso nombres

    La antigua Bogotá tenía una relación mucho más directa con el agua y el paisaje natural. Quebradas y riachuelos atravesaban sectores que posteriormente fueron canalizados o incorporados a la trama urbana.

    La Calle de las Culebras
    Foto: Alcaldía de Bogotá

    Entre las carreras 5 y 7 existió la Calle de las Culebras. Según la historia conservada por el Distrito, su nombre estaba relacionado con los riachuelos cercanos y con las serpientes que habitaban esos cursos de agua y que, de acuerdo con la tradición, llegaban incluso a las viviendas de los alrededores.

    El nombre funciona como una pequeña fotografía de aquel paisaje desaparecido. Antes de que Bogotá cubriera buena parte de sus aguas y transformara su entorno natural, los animales también formaban parte de la experiencia cotidiana de la ciudad.

    Cara de Perro, una calle donde también caminaban los espantos

    Entre los nombres más particulares aparece Cara de Perro, una antigua denominación que, según el Archivo de Bogotá, surgió de un espanto de la tradición popular.

    La calle estaba en el sector de la actual calle 15, entre carreras 2 y 3, de acuerdo con investigaciones que han rastreado documentos históricos y nomenclaturas antiguas. La tradición tiene distintas versiones: una de las más conocidas habla de un perro negro sin cabeza que aparecía durante la noche; otras describen una criatura con cuerpo humano y rostro de perro. 

    Cara de Perro
    Foto: Bogo Bike Tours

    Más allá de las variantes de la leyenda, el nombre quedó documentado y formó parte del lenguaje cotidiano de los habitantes. Pero no sobrevivió a los cambios de nomenclatura. En 1849, la calle pasó a llamarse Carrera de Chiriquí, dentro de una reorganización que comenzó a sustituir muchos nombres tradicionales por referencias vinculadas con la nueva geografía política y la gesta independentista. 

    El Pecado Mortal, las historias que recorrían Bogotá después del anochecer

    La antigua Calle del Pecado Mortal, en el sector de la calle 21 entre las carreras 1y 3, recibió su nombre de un personaje que recorría Santa Fe durante la noche.

    Según el Distrito, llevaba una capa larga y un sombrero, una linterna y una campanilla. Caminaba por las calles pidiendo limosna para quienes estaban en pecado mortal.

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    La historia muestra una ciudad en la que la noche tenía sus propios personajes, sonidos y temores. Una figura que recorría las calles podía terminar dejando su huella en el mapa, de la misma manera que una iglesia, un oficio o una fuente de agua.

    La Calle de los Amigos, cuando una esquina se convirtió en punto de encuentro

    En el Centro Histórico también hubo calles cuyos nombres surgieron de las costumbres de quienes las recorrían. Es el caso de la Calle de los Amigos, una denominación que la tradición relaciona con un antiguo punto de encuentro de los habitantes de Santa Fe.

    Según esta versión, un reloj ubicado en el sector servía como referencia para quienes necesitaban encontrarse y no tenían uno propio. Mientras esperaban, las personas conversaban y se reunían alrededor del lugar, hasta que la costumbre habría terminado dándole nombre a la calle.

    Calle de los Amigos
    Foto: Alcaldía de Bogotá

    Más que señalar un oficio o una característica física, el nombre conservaba así una escena de la vida cotidiana: personas que llegaban a un mismo punto, esperaban, conversaban y convertían ese lugar en una referencia dentro de la ciudad.

    Ese tipo de denominaciones permite entender que la antigua nomenclatura de Bogotá también podía construirse desde las relaciones entre sus habitantes. Antes de que las calles fueran identificadas principalmente por números, la memoria de quienes las transitaban también ayudaba a ponerles nombre.

    De las calles de las Brujas a Caracas, Chile y Quito

    Pero los nombres curiosos no desaparecieron simplemente para dar paso a los números. Bogotá también comenzó a incorporar al mapa referencias geográficas y políticas que todavía permanecen.

    La Avenida Caracas recibió oficialmente ese nombre en 1932 como homenaje a los libertadores y próceres venezolanos. La Avenida Ciudad de Quito fue establecida en 1956 como homenaje a la capital ecuatoriana, mientras que la Avenida Chile quedó incorporada a la nomenclatura bogotana como expresión de los vínculos entre Bogotá y Santiago de Chile.

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    Son nombres que cuentan otro tipo de historia. Ya no hablan de una pendiente, una fuente, un oficio o un espanto, sino de las relaciones de Bogotá con otras ciudades, países y territorios.

    El mapa urbano comenzó así a convertirse también en un mapa de la memoria política y geográfica.

    Un mapa hecho de recuerdos

    Quizás por eso las placas antiguas de La Candelaria resultan tan particulares. Junto a los números que permiten localizar una dirección en la ciudad moderna todavía aparecen palabras pertenecientes a otra Bogotá.

    El Instituto Distrital de Patrimonio Cultural ha señalado que las calles permiten observar la convivencia entre las toponimias oficiales y las formas populares de nombrar la ciudad. Algunas vías terminaron teniendo, en la práctica, dos identidades: una hecha de números y otra construida por la memoria.

    Por eso, cuando una placa dice Calle de la Fatiga, Calle del Embudo, Calle de las Culebras o Cara de Perro, Bogotá no solo está señalando un lugar.

    Está recordando que alguna vez sus calles también tuvieron voz.

    *Foto: Alcaldía de Bogotá

  • “Fui descubriendo el festival a través de una pasión”: Simona Sánchez y su historia con Rock al Parque

    “Fui descubriendo el festival a través de una pasión”: Simona Sánchez y su historia con Rock al Parque

    Simona Sánchez conoció Rock al Parque antes de tener un micrófono en las manos. Primero estuvo entre el público, después llegó el periodismo, más tarde la presentación y, con el tiempo, la gestión de artistas. En cada una de esas estaciones encontró una manera distinta de relacionarse con un festival que, como ella misma ha contado, fue descubriendo desde la música.

    “Fui descubriendo el festival a través de una pasión”, recuerda Sánchez al hablar de aquellos primeros años en los que llegaba como espectadora, permanecía durante toda la jornada y se mezclaba con los públicos que convertían el parque en un territorio de guitarras, amplificadores y encuentros. Antes de narrar Rock al Parque, lo vivió desde adentro: como quien aprende un festival caminándolo.

    Su relación con el evento cambió cuando comenzó a acercarse desde el periodismo. Ya no se trataba solamente de escuchar a las bandas o vivir el pogo, sino de conversar con sus protagonistas, entender las escenas y encontrar las historias que ocurrían alrededor de los escenarios. Esa transición le permitió mirar el festival desde otro ángulo sin dejar atrás la experiencia de quien alguna vez estuvo al otro lado de la tarima.

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    Una voz entre muchas escenas

    Cuando llegó a la presentación, el reto fue distinto. Rock al Parque reunía públicos con códigos, lenguajes y maneras de vivir la música muy diferentes. No era lo mismo hablarle a un público de metal que a uno de punk, hardcore, reggae o cualquier otra escena. La tarea consistía en leer esas diferencias y encontrar la forma de comunicarse con cada una sin convertirlas en una sola.

    “Ser conscientes de la diversidad de públicos que había”, explica Sánchez al recordar uno de los aprendizajes centrales de esos años. 

    La presentación, en ese sentido, no consistía únicamente en anunciar una banda; también implicaba entender qué estaba pasando frente al escenario, reconocer la energía de cada público y saber cuándo acompañar ese momento con una palabra y cuándo dejar que la música hiciera el resto.

    Durante años, además, las jornadas de presentación se extendieron por los tres días del festival. Mientras una banda podía tener 45 minutos o una hora sobre el escenario, quienes estaban al frente de la conducción permanecían durante buena parte de la jornada, atravesando cambios de público, sonidos y estados de ánimo. Esa experiencia terminó convirtiendo la voz de quienes presentaban en otra capa de la memoria de Rock al Parque.

    “Presentar Rock al Parque ha sido de las experiencias más potentes que yo he tenido en mi vida”, dice Sánchez. Y quizá esa potencia tenga que ver precisamente con haber conocido el festival desde tantos lugares: primero como espectadora, después desde el periodismo y finalmente como una de las voces que acompañaron sus escenarios.

    Un festival que también cuenta a Bogotá

    Para Sánchez, esa diversidad no es un detalle alrededor del festival, sino parte de lo que Rock al Parque ha construido en Bogotá. Durante sus primeras décadas, escenas que no necesariamente compartían espacios, metal, punk, hardcore, reggae, ska, rap y otras músicas, encontraron en el parque un lugar para coincidir, escucharse y, a veces, simplemente aprender a convivir.

    Además: I.R.A. y Rock al Parque: 40 años de punk

    Por eso, su historia con Rock al Parque también puede leerse como una historia de la ciudad. El festival ha cambiado junto con sus públicos, sus formas de escuchar música y sus maneras de encontrarse. Hoy buena parte del descubrimiento musical ocurre a través de plataformas y pantallas, pero la experiencia de compartir un espacio físico con miles de personas sigue teniendo un significado particular.

    Después de haber estado en distintos lados del escenario, Sánchez entiende Rock al Parque como un festival hecho de muchas capas: las bandas, los públicos, las voces, los oficios y las memorias que se van acumulando edición tras edición. Una relación que comenzó entre el público y que terminó llevándola al micrófono, pero que nunca dejó de tener la música como punto de partida.

    *Foto: Nicolás Romero

  • Así nació el enfoque humano del documental ‘El viaje de una ciudad. La hazaña del Metro de Bogotá’

    Así nació el enfoque humano del documental ‘El viaje de una ciudad. La hazaña del Metro de Bogotá’

    El Metro de Bogotá no solo se construye con estaciones, trenes y kilómetros de infraestructura. También se construye a través de las expectativas de quienes esperan que esta obra transforme sus recorridos y su relación con la ciudad. Esa mirada fue el punto de partida de ‘El viaje de una ciudad. La hazaña del Metro de Bogotá’, documental que contó con la codirección de Juan Acevedo.

    Para Acevedo, la decisión de darle un enfoque humano a la producción fue vital en un contexto en el que existe una amplia cantidad de información sobre el avance de las obras y su desarrollo, el equipo buscó una manera distinta de acercarse a la historia.

    “Sentimos que faltaba mucho ese enfoque humano”, explica el realizador. La intención fue poner en el centro a las personas que serán impactadas por el proyecto y construir, desde sus experiencias, un retrato del momento que atraviesa Bogotá.

    Ese propósito llevó al equipo a buscar personajes en los barrios y en las calles, además de atender recomendaciones de distintos actores relacionados con el proyecto. Así aparecieron historias como la de María Eugenia, una cuidadora a quien el documental acompaña durante el recorrido que realiza diariamente desde su casa hasta su lugar de trabajo.

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    La experiencia permitió que un trayecto cotidiano se convirtiera en una forma de contar la historia de muchos bogotanos que utilizan el transporte público. 

    Un retrato de un momento que todavía está en construcción

    Para Juan Acevedo, documentar este momento resulta especialmente importante porque la entrada en funcionamiento de la primera línea, prevista para 2028, no significará el final de la construcción del Metro de Bogotá. Todavía habrá nuevas líneas, obras y procesos de apropiación que harán parte de la transformación de la ciudad.

    Por eso, el documental busca dejar un registro de las expectativas, esperanzas, dudas y cuestionamientos que existen alrededor de esta primera etapa. La producción también incorpora uno de los momentos más simbólicos del proyecto: el viaje del primer vagón del Metro desde Cartagena hasta Bogotá.

    El recibimiento de ese vagón terminó convirtiéndose en una de las experiencias que más sorprendió al equipo. Durante el recorrido entre Siberia y el patio taller, encontraron personas que salieron con banderas y aplausos para acompañar su llegada.

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    Para el realizador, aquella escena permitió entender que el Metro representa algo que trasciende una obra de infraestructura. “Esto es algo mucho más importante que solamente una obra de infraestructura gigantesca”, señala Acevedo, al referirse a la manera en que el proyecto se ha instalado en el imaginario de los bogotanos.

    En ese sentido, ‘El viaje de una ciudad. La hazaña del Metro de Bogotá’ busca retratar no solamente cómo avanza una obra que todavía está en construcción, sino también lo que significa para quienes esperan que el Metro ayude a conectar a Bogotá y a sus habitantes con una ciudad que continúa transformándose.

    No se pierda el estreno de este documental por Canal Capital

    El documental ‘El viaje de una ciudad. La hazaña del Metro de Bogotá’ se estrenará en Canal Capital el próximo domingo, 4 de octubre, a las 8:00 p. m. Véalo a través de ww.canalcapital.tv y Claro 116, ETB 270, DirecTV 143, Movistar 146 y 113, TDT y Tigo 105. Además de nuestras redes sociales: YouTube, X, Facebook y TikTok.

    *Foto: Nicolás Romero

  • Juan Rojas recuerda cómo Rock al Parque se convirtió en una postal de Bogotá

    Juan Rojas recuerda cómo Rock al Parque se convirtió en una postal de Bogotá

    Cuando 1280 Almas llegó por primera vez a Rock al Parque, el festival todavía era una experiencia nueva para la banda. Juan Rojas recuerda aquella presentación en lo que hoy conocemos como la Plaza Cultural La Santamaría como uno de sus recuerdos más claros de esa época, eran muy jóvenes y apenas descubrían cómo funcionaban el sonido, el montaje y los grandes escenarios.

    Con los años, el festival también se convirtió en un espacio en el que las bandas nacionales tuvieron que defender su lugar. Rojas recuerda aguaceros que obligaron a cancelar presentaciones, cambios de horarios y ocasiones en las que la agrupación no pudo cerrar el festival como estaba previsto. 

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    Una ciudad que encontró su propio sonido

    Para Rojas, lo ocurrido alrededor del festival hace parte de una transformación cultural más amplia que vivió Bogotá durante los años noventa. Las nuevas generaciones comenzaron a reconocerse desde sus propias expresiones y a entender la música como una forma de hablar de la ciudad y de lo que ocurría en ella.

    «Rock al Parque se convirtió en una postal de Bogotá y convirtió a Bogotá en un epicentro de la música.»

    Un espacio para no estar solos

    En esa memoria aparece también La soledad criminal, una canción que Rojas relaciona directamente con Bogotá y con la experiencia de Rock al Parque. Mientras la canción habla de la soledad en la ciudad, el festival representa para él justamente lo contrario…la posibilidad de encontrarse alrededor de la música.

    «Rock al Parque evita que estemos solos.»

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    Treinta años después de aquella primera presentación, Rojas considera que la importancia del festival también está en su capacidad para conectar generaciones. Quienes asistieron a sus primeras ediciones hoy son adultos, pero el encuentro continúa con nuevos públicos y mantiene abierta una expresión cultural que, para 1280 Almas, nació de mirar hacia Bogotá y reconocerse en ella.

    *Foto: Instagram 1280 Almas

  • Patricio Crom y Leandro “Chusko” Stazi, dos artistas que encontraron otra melodía junto a Pache y Plumis en Ta Bueno Che

    Patricio Crom y Leandro “Chusko” Stazi, dos artistas que encontraron otra melodía junto a Pache y Plumis en Ta Bueno Che

    Hay artistas que pasan la vida buscando nuevas formas de contar. A veces las encuentran en una canción, otras en un escenario y, de vez en cuando, en dos perros con una personalidad imposible de ignorar. Ese fue el camino de Patricio Crom y Leandro “Chusko” Stazi, dos creadores argentinos que encontraron en Pache y Plumis una nueva manera de jugar, conversar, improvisar y hacer música.

    De la guitarra y el escenario a una dupla inesperada

    Patricio Noé Crom llegó a este universo desde la música. Guitarrista, compositor y artista vinculado especialmente al tango, ha construido buena parte de su recorrido alrededor de las seis cuerdas, los escenarios y una forma de entender la música en la que escuchar al otro resulta tan importante como tocar.

    Su trayectoria también se ha cruzado con el audiovisual y la creación de personajes. Esa combinación entre música, actuación, escritura y humor terminó abriendo un camino distinto durante los años de pandemia, cuando comenzó a desarrollar ideas que después encontrarían un lugar en Ta Bueno Che.

    El proyecto nació alrededor de una frase que terminó convirtiéndose en identidad. “Ta bueno, che” pasó de ser una expresión cotidiana a convertirse en el nombre de un espacio de streaming que fue encontrando su propio lenguaje, primero con Crom y después con una dupla que cambiaría por completo su dinámica: Pache y Plumis.

    Pache fue el primer gran personaje de este universo. Un perro con una personalidad particular, curioso, desfachatado y capaz de moverse entre la conversación y la canción con la misma naturalidad. Su nombre está ligado a General Pacheco, lugar en el que Crom se encontraba cuando comenzó a darle forma al personaje.

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    Después apareció Plumis, y con él llegó Leandro “Chusko” Stazi. El encuentro entre ambos creadores permitió que la propuesta creciera hacia otro lugar. Stazi aportó su experiencia escénica, su capacidad para construir personajes y, sobre todo, esa habilidad para responder en el momento, algo fundamental cuando buena parte de lo que ocurre frente a una cámara nace de la improvisación.

    Cuando Pache y Plumis encontraron su propio ritmo

    Pache y Plumis funcionan como una dupla porque tienen algo que también existe en la música: contraste. No necesitan pensar igual para entenderse. Una ocurrencia puede convertirse en otra, una pregunta puede terminar en canción y una conversación cualquiera puede tomar un camino completamente inesperado.

    Ahí está buena parte del encanto de Ta Bueno Che. No parece existir una frontera demasiado rígida entre la charla, el humor y la música. Todo puede convertirse en material para jugar. Y detrás de esa espontaneidad hay dos artistas que saben escuchar, reaccionar y dejar espacio para que el otro aparezca.

    Para Crom, ese lenguaje tiene además una conexión natural con su trayectoria musical. El tango le enseñó el valor del tiempo, de la pausa y de la respuesta. Con Pache encontró otra manera de trabajar esos elementos: cambiar el escenario por un estudio, la guitarra por una conversación y la partitura por una situación que puede tomar cualquier dirección.

    Stazi, por su parte, encontró en Plumis un compañero con el que podía llevar el juego todavía más lejos. Su presencia amplió la conversación y convirtió a Pache y Plumis en una dupla que no depende solamente de un guion. Muchas veces el diálogo funciona precisamente porque parece que podría ir hacia cualquier parte.

    Y eso también explica la relación que tienen con la música. En Ta Bueno Che, una canción puede aparecer de la nada, una frase puede convertirse en estribillo o una conversación puede terminar en una pequeña pieza improvisada. Es una forma de creación muy cercana a la idea de una jam: alguien propone algo y el otro responde.

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    Pache y Plumis son, en ese sentido, mucho más que dos hermosos perritos alrededor de los cuales gira el proyecto. Son quienes conducen buena parte de esa conversación y quienes le ponen rostro, voz y personalidad a un espacio que encontró en el humor una forma de conectar con su audiencia.

    Detrás de ellos están Crom y Stazi, dos artistas con recorridos distintos que encontraron un punto de encuentro inesperado. Uno llegó desde la guitarra, el tango y la composición; el otro, desde el escenario y la construcción de personajes. Entre ambos construyeron una dupla que puede pasar de una conversación absurda a una canción sin pedir permiso.

    Quizás ahí está la otra melodía que encontraron. No es necesariamente una canción ni una composición cerrada. Es el ritmo que aparece cuando dos amigos se permiten jugar y cuando Pache y Plumis tienen espacio para hacer lo que mejor saben: conversar, improvisar, equivocarse, volver a empezar y seguir adelante como si todo hiciera parte de la misma canción.

    Porque Ta Bueno Che terminó siendo un lugar donde la música, el humor y la improvisación pueden encontrarse sin demasiadas reglas. Y en el centro están Pache y Plumis, acompañados por Patricio Crom y Leandro “Chusko” Stazi, dos artistas que encontraron otra manera de hacer lo que siempre han hecho los artistas: escuchar, probar y encontrar un ritmo propio.

    *Foto: Ta Bueno Che

  • Nepentes recuerda la granizada de Rock al Parque 2017 y sus cuatro presentaciones

    Nepentes recuerda la granizada de Rock al Parque 2017 y sus cuatro presentaciones

    Para Nepentes, Rock al Parque tiene sonido, memoria y también granizo. La banda antioqueña ha pasado cuatro veces por el festival, pero su presentación de 2017 quedó marcada por una tormenta que transformó en cuestión de minutos el Parque Metropolitano Simón Bolívar.

    Del cielo azul a una tormenta de granizo

    Juan Carlos Sánchez, baterista de Nepentes, recuerda que poco antes de salir al aire por Canal Capital el cielo estaba completamente despejado.

    “Yo recuerdo que el cielo estaba azul, el cielo estaba hermosamente azul”, cuenta. Minutos después, la ciudad cambió, la actividad aérea se paralizó, el parque se cubrió de blanco y asistentes, equipos técnicos y personal de seguridad buscaron refugio ante la fuerza del granizo.

    Para Juan Fernando Álvarez “Nano”, vocalista de Nepentes, más allá de la imagen que dejó aquella jornada, lo que permanece es la sensación de peligro.

    “Ese pánico colectivo que sentimos en ese momento, sentir ese susto de que algo podía pasar y que algo grave, muy grave, podía pasar”, recuerda. La banda estaba relativamente protegida, pero veía a los asistentes correr y refugiarse como podían mientras la tormenta golpeaba el festival.

    El fenómeno ocurrió alrededor de las 2:00 de la tarde, un detalle que Sánchez considera importante porque permitió que el público pudiera evacuar y encontrar lugares seguros. La programación tuvo que detenerse y la preocupación se concentró en proteger tanto a los asistentes como a quienes trabajaban en los escenarios.

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    Nepentes, además, llegó a ese momento después de un cambio de horario. La banda había sido programada para otro momento y, apenas una semana antes, recibió la modificación. Finalmente pudo tocar y aquella presentación terminó convertida, en palabras de Álvarez “Nano”, en “un asunto del destino” que hace parte de la historia del rock nacional.

    Cuatro veces, miles de voces y una misma fiesta

    La historia de Nepentes con Rock al Parque no se quedó bajo aquella tormenta. La banda ha tocado cuatro veces en el festival: dos en el escenario Lago, una en el Bio y otra en Radiónica. “Volver a Rock al Parque es una cosa maravillosa. Siempre lo guardamos en el corazón”, afirma Sánchez.

    Entre esos recuerdos aparece también 2014, cuando Nepentes tocó en el Lago mientras Molotov estaba en el escenario principal. El contraste no intimidó a la banda.

    “En el Lago teníamos 25.000, 30.000 personas, lo teníamos lleno también”, recuerda Álvarez “Nano” sobre aquella jornada.

    Para Sánchez, esas experiencias tienen además una lectura que va más allá de la banda: “La provincia existe”. Nepentes representa una escena que también puede llegar a los grandes escenarios de Bogotá, y el músico destaca el papel de Rock al Parque en la circulación de proyectos de distintas regiones del país.

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    Así, entre cielos azules que terminan cubiertos de hielo, escenarios repletos y canciones compartidas con miles de personas, Nepentes ha construido una historia particular con Rock al Parque. Una que sobrevivió a una granizada memorable y que todavía encuentra razones para celebrar cada vez que la banda vuelve al festival.

    *Foto: Idartes

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