El Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella se ha consolidado como un referente cultural en Bogotá y Colombia, integrando historia, innovación y accesibilidad en 17.000 metros cuadrados dedicados a las artes escénicas, plásticas y audiovisuales. Este espacio no solo ofrece infraestructura moderna para la creación y exhibición artística, sino que también impulsa la democratización del acceso a la cultura y la diversidad de expresiones creativas.
El emblemático Teatro Colón, declarado Patrimonio Cultural de la Nación en 1975, forma parte del complejo y se suma a tres salas contemporáneas: Delia Zapata, Experimental Fanny Mikey y Sinfónica Teresita Gómez. Construido entre 1885 y 1895 por el arquitecto italiano Pietro Cantini, el Colón ha sido escenario de las principales manifestaciones culturales y musicales del país, incluyendo la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia.
La Sala Delia Zapata, con capacidad para 511 espectadores, permite realizar producciones de danza, ópera y teatro a gran escala, con tecnología avanzada y un foso motorizado para orquesta. Su telón de boca, diseñado por Pedro Ruiz Navia, rinde homenaje a la bailarina afrocolombiana, mostrando un retrato monumental que celebra su legado y su histórica presentación en el Colón en 1954.
El Centro atrae a públicos diversos: familias, estudiantes, académicos, artistas profesionales y aficionados, así como visitantes internacionales. Además, fomenta la participación de colectivos locales y artistas emergentes, promoviendo la diversidad étnica, de género y social en su programación, y fortaleciendo la apropiación cultural desde la comunidad. Tras su consolidación, el Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella combina tradición y modernidad, ampliando significativamente la oferta cultural de Bogotá y el país, y convirtiéndose en un espacio inclusivo donde el arte se reconoce como un bien común y un derecho para toda la sociedad.
La Alcaldía Mayor de Bogotá anunció que los días viernes 26 de diciembre de 2025 y viernes 2 de enero de 2026 no se aplicará la medida de pico y placa en la ciudad. La decisión busca facilitar el tránsito vehicular y permitir un flujo más ágil para los viajeros que ingresan o salen de la capital durante la temporada de fin de año y Año Nuevo.
‘Revisadas las fechas que vienen, tomamos la decisión de levantar el pico y placa dos días. Va a ser el 26 de diciembre y el 2 de enero. Esos dos viernes no va a haber pico y placa en Bogotá y eso va a garantizar que la gente se pueda mover durante esos dos fines de semana, el de Navidad y el de Año Nuevo’, aseguró el alcalde de Bogotá, Carlos Fernando Galán.
Durante los días hábiles de diciembre de 2025 y enero de 2026, la restricción seguirá vigente normalmente, excepto en las fechas mencionadas. Por su parte, los lunes festivos 8 de diciembre de 2025 y 12 de enero de 2026, regirá la modalidad de pico y placa regional para el ingreso a Bogotá.
La Secretaría Distrital de Movilidad (SDM), en coordinación con la Policía de Tránsito, desplegará controles en vías principales y barriales, enfocándose en prevenir la conducción bajo los efectos del alcohol, combatir el mal parqueo y recuperar el espacio público.
Estas acciones se enmarcan dentro del Plan Navidad 2025, que busca garantizar una movilidad más segura y fluida durante las festividades, con apoyo de las Alcaldías Locales y el Departamento Administrativo de La Defensoría del Espacio Público (DADEP).
En Bogotá, muchas de las historias familiares comienzan con una pala, unos ladrillos y la determinación de levantar un hogar. La autoconstrucción, ese proceso en el que las personas edifican sus propias viviendas con los recursos y conocimientos que tienen a la mano, es parte esencial del ADN urbano de la capital.
No se trata solo de una práctica arquitectónica, sino de una forma de vida que mezcla necesidad, creatividad y resistencia.
En localidades como Ciudad Bolívar, buena parte de las casas fueron construidas por sus propios habitantes. Cada muro refleja el esfuerzo de generaciones que llegaron desde distintas regiones del país, impulsadas por el deseo de tener un techo propio en medio de un contexto de desigualdad y desplazamiento.
Así, la capital se ha convertido, en gran medida, en una ciudad autoconstruida, un territorio donde cada vivienda cuenta su propia historia y donde el derecho a la vivienda digna se entrelaza con la lucha por permanecer y habitar la ciudad.
Un concepto que se reconoce en el paisaje
Basta mirar por la ventana o recorrer los barrios más tradicionales para descubrir que la autoconstrucción está en todas partes. No hace falta ser arquitecto ni urbanista para notarlo. La diversidad de formas, materiales y estilos revela cómo miles de familias levantaron sus casas pieza a pieza, muchas veces sin planos, pero con una clara visión de futuro.
En el corazón de Ciudad Bolívar se levanta un espacio que rinde homenaje a esa historia colectiva: el Museo de la Ciudad Autoconstruida. Este lugar, de entrada gratuita, invita a los visitantes a comprender el valor social y cultural de la autoconstrucción en Bogotá.
El recorrido inicia en el tercer piso del edificio, donde se encuentra la exposición Explotación, estigmatización y resistencia. A través de fotografías, relatos y objetos cotidianos, se reflexiona sobre las tensiones entre el territorio, la explotación de recursos naturales y los desafíos ambientales que enfrenta la comunidad. Desde los ventanales del museo, se puede observar el paisaje de la localidad y el Cerro Seco, un mirador natural que recuerda la fuerza con la que esta zona ha crecido.La creación del museo fue posible gracias a las transformaciones urbanas que trajo la llegada del cable aéreo a Ciudad Bolívar, infraestructura que no solo mejoró la movilidad, sino que impulsó nuevos espacios para el encuentro, la cultura y la memoria.
El Museo de la Ciudad Autoconstruida no solo guarda los recuerdos de quienes edificaron sus hogares, sino que permite entender cómo millones de bogotanos han construido, literalmente, la ciudad en la que viven. Un recordatorio de que Bogotá no solo se diseñó desde los planos de un arquitecto, sino también desde las manos y los sueños de su gente.
Cada domingo, Usaquén despierta con el bullicio de los visitantes que llegan al tradicional Mercado de Pulgas, uno de los puntos más emblemáticos del turismo cultural en Bogotá. Entre calles empedradas y fachadas coloniales, se alzan decenas de toldos donde se mezclan las antigüedades, el arte, la ropa vintage, los discos de vinilo, los objetos de colección y la artesanía local.
Más que un lugar para comprar, el mercado se ha convertido en un espacio de encuentro. Allí coinciden artesanos, coleccionistas, artistas, turistas y vecinos del sector, creando un ambiente que refleja la diversidad y la vitalidad cultural de la ciudad.
Una historia que empezó en los años noventa
El origen del Mercado de Pulgas de Usaquén se remonta a 1990, cuando un grupo de artesanos y pequeños comerciantes se organizó bajo el nombre de Asociación de Expositores Toldos de San Pelayo. La iniciativa, respaldada por la Alcaldía de Bogotá, buscaba ofrecer un escenario formal para quienes vivían de los oficios creativos y del comercio de antigüedades.
Desde sus primeros años, el mercado reunió a restauradores, libreros, vendedores de curiosidades y creadores de piezas únicas hechas a mano. Con el tiempo, se transformó en un referente cultural y turístico de la capital, al que acuden tanto bogotanos como visitantes de otras ciudades y países.
Un ecosistema de creatividad y economía popular
Más de tres décadas después, este mercado a cielo abierto sigue siendo motor de la economía local. Para muchos expositores, representa una oportunidad de sustento y un espacio donde se visibilizan saberes tradicionales y expresiones artísticas que, de otro modo, quedarían relegadas.
En cada puesto hay una historia: manos que restauran muebles antiguos, artistas que reinventan materiales reciclados, o emprendedores que mantienen vivas técnicas artesanales heredadas por generaciones.
Un símbolo cultural de Bogotá
El Mercado de Pulgas de Usaquén no solo dinamiza el comercio, sino que fortalece la identidad bogotana. Su mezcla de tradición y modernidad, sumada a la arquitectura del barrio, lo convierte en una experiencia cultural completa para quienes buscan descubrir el alma creativa de la ciudad.
Entre los corazones de Usaquén, este mercado sigue siendo un símbolo de inclusión, encuentro y memoria: un lugar donde la cultura no se guarda en vitrinas, sino que se vive cada fin de semana, al aire libre.
En el sur de Bogotá, entre la densidad urbana del barrio Lucero Medio, se encuentra un refugio verde que pasa desapercibido tras la fachada de una casa, el Jardín Botánico Real de Colombia.
Aunque pequeño, este espacio reúne una colección viva de plantas que refleja la riqueza y diversidad de especies de nuestro país. Para estudiantes de primaria del I.E.D. Ciudad de Montreal, vecino al jardín, se ha convertido en un aula ambiental al aire libre, mientras que las aves locales disfrutan de un descanso de tranquilidad y alimento.
La historia de este jardín se remonta a 1989, cuando Édgar Parra y su familia fundaron el Gimnasio Real de Colombia en terrenos que habían adquirido anteriormente.
Su sueño era que el colegio contara con áreas verdes, conservando algunos árboles de los antiguos propietarios y seleccionando cuidadosamente especies que pudieran prosperar en los espacios disponibles. Hasta 2012 funcionó como colegio, cuando la familia Parra decidió preservar las zonas verdes y transformarlas en el Jardín Botánico Real de Colombia, un homenaje a la antigua institución.
En el 2020, la Secretaría de Educación comenzó a usar las instalaciones para la Sede B del I.E.D. Ciudad de Montreal, destinada a estudiantes de básica primaria. Pese a ciertas restricciones por la presencia de alumnos, el jardín sigue abierto al público, y actualmente se trabaja en habilitar un restaurante en el lote del cenote para generar recursos que apoyen su funcionamiento.
Un recorrido por sus colecciones
El Jardín Botánico organiza sus colecciones principalmente según criterios taxonómicos y ecológicos, agrupando las plantas de acuerdo con las condiciones que favorecen su desarrollo, como luz, sombra y riego. Entre sus espacios destacan:
Insectario: primer punto del recorrido, con una colección taxidérmica de insectos polinizadores, especialmente mariposas.
Orquídeas: bajo sombra controlada, se encuentra una variada colección de orquídeas, muchas endémicas de Colombia.
Bromelias: epífitas que aprovechan la penumbra y la humedad, mostrando gran diversidad de formas y colores.
Frutas y hortalizas: estructuras que sostienen pasifloras como la curuba y cucurbitáceas como el pepino de guiso, donde convive una planta invasora, el ojo de poeta (Thunbergia alata).
Suculentas: en terrazas soleadas, donde reciben abundante luz natural.
Bosque nativo: árboles históricos como el pino romerón y el caucho sabanero, con vistas privilegiadas desde un puente de guadua.
Cenote: piscina alimentada por manantial, uno de los atractivos más singulares del jardín, junto a un mariposario al aire libre y el único ejemplar de palma de cera del predio.
Más allá de su belleza y diversidad, el Jardín Botánico Real de Colombia representa un esfuerzo comunitario y educativo en Ciudad Bolívar. Su existencia demuestra cómo la preservación de áreas verdes puede convertirse en un aula ambiental y un atractivo turístico, ofreciendo a los bogotanos la oportunidad de acercarse a la naturaleza sin salir de la ciudad.
Entre el concreto, los carros y el ruido del noroccidente bogotano, sobrevive un pulmón verde que parece desafiar el paso del tiempo. El humedal Santa María del Lago, en la localidad de Engativá, es hoy un refugio de vida silvestre que resiste las presiones de la expansión urbana.
Con 10,8 hectáreas de extensión, de las cuales 5,64 pertenecen al espejo de agua, este espacio es mucho más que un paisaje bonito: regula la temperatura, mejora la calidad del aire y sirve de hogar a decenas de especies de aves nativas y migratorias.
Fue declarado Parque Ecológico Distrital de Humedal en el año 2000, y desde entonces se ha convertido en uno de los ecosistemas urbanos más emblemáticos de la capital.
De hacienda rural a enclave urbano
A comienzos del siglo pasado, el área donde hoy se levanta el humedal era parte del paisaje rural de la sabana. En 1936, el expresidente Alfonso López Pumarejo adquirió los terrenos, entonces convertidos en una hacienda de 43 hectáreas donde se practicaba la pesca y la navegación recreativa.
El panorama cambió en 1954, cuando Engativá fue anexada a Bogotá. Las nuevas urbanizaciones, junto con la construcción de la avenida Boyacá y la calle 80, fragmentaron el ecosistema y alteraron su equilibrio hídrico. Para los años ochenta, el humedal ya era un espacio deteriorado, cercado por edificios y usado como depósito de escombros.
Una recuperación impulsada por la comunidad
El punto de quiebre llegó en los noventa, cuando la comunidad empezó a organizarse para salvarlo. En 1997 se cercó completamente el perímetro, y en 2001 la Secretaría Distrital de Ambiente lanzó un proyecto integral de recuperación que incluyó limpieza, control de vertimientos y procesos de educación ambiental.
Las acciones continuaron con la creación de las Aulas Ambientales, que convirtieron al humedal en un laboratorio vivo de aprendizaje ciudadano. En 2010, la entidad adoptó el plan de manejo ambiental que garantizó su protección como área ecológica.
La amenaza de la desconexión del agua
A pesar de los avances, Santa María del Lago enfrenta hoy una amenaza menos visible pero determinante, su aislamiento hídrico. Décadas de urbanización y canalización lo dejaron sin conexión con quebradas o acuíferos naturales. El humedal depende casi por completo del agua lluvia, lo que genera una peligrosa inestabilidad: en temporada seca, el nivel baja drásticamente; en lluvias, recibe descargas contaminadas.
Para reducir el impacto, se adelanta la construcción de un colector sobre la carrera 76, con el fin de desviar las aguas residuales que aún llegan al ecosistema.
Un oasis que enseña a cuidar la ciudad
Hoy, entre garzas, juncos y espejos de agua, el humedal Santa María del Lago es un aula abierta para la ciudad. Cada recorrido revela la fuerza de un territorio que se niega a desaparecer y la persistencia de quienes lo protegen.
En medio del ruido urbano, este espacio sigue recordando que Bogotá no solo se construye con cemento, sino también con raíces, memoria y agua.
En el Bogotario, las paredes hablan. Cada mural, cada trazo y cada firma son parte de un diálogo urbano que combina rebeldía, memoria y belleza. Lo que hace unos años se consideraba vandalismo hoy se ha transformado en una expresión artística reconocida y en un atractivo turístico que seduce a locales y visitantes.
El graffiti ha pasado de ser una manifestación marginal a ocupar un papel central en la construcción de la identidad de la ciudad. Jóvenes artistas han encontrado en el arte urbano un canal para contar historias, expresar inconformidades y reivindicar sus barrios. En sectores que alguna vez fueron sinónimo de deterioro o inseguridad, ahora florecen coloridos murales que devuelven vida y sentido de pertenencia a la comunidad.
La capital ha aprendido a convivir con esta forma de arte, generando espacios de diálogo entre creadores y habitantes, y promoviendo rutas donde el graffiti se convierte en patrimonio visual. Gracias a la calidad de las obras y al compromiso de quienes las realizan, Bogotá se ha consolidado como uno de los mayores museos al aire libre de América Latina.
Este fenómeno no solo embellece el paisaje urbano. También resignifica la relación de los ciudadanos con su entorno. Al recorrer lugares emblemáticos del centro y del occidente de la ciudad, es posible descubrir cómo el arte callejero ha contribuido a revitalizar zonas antes olvidadas, demostrando que el color también puede ser una forma de transformación social.
El graffiti bogotano, con toda su mezcla de legalidad y transgresión, de aceptación y controversia, representa hoy una de las expresiones más auténticas del espíritu capitalino: libre, diverso y en constante cambio.
Detrás de una fachada discreta, en pleno barrio El Quirigua, se esconde un secreto que redefine el paisaje urbano del noroccidente bogotano. Allí, dentro del edificio San Francisco, se levanta el Polideportivo del Quirigua: un moderno coliseo que combina educación, deporte y comunidad en un mismo escenario.
Lejos de ser una simple instalación deportiva, este espacio se ha consolidado como un punto de encuentro para aprendices, vecinos y deportistas que ven en él una oportunidad real de formación e integración. Su historia comenzó en 2016, cuando dos inversionistas decidieron transformar el antiguo predio del colegio Santander en un proyecto poco convencional; crear un lugar donde la calidad educativa y la infraestructura deportiva de primer nivel convivieran con una profunda vocación social.
El corazón del polideportivo es su cancha multifuncional, una joya técnica capaz de albergar disciplinas como baloncesto, voleibol, boxeo, fútbol tenis y microfútbol. Su piso especializado, importado desde Estados Unidos, la iluminación de estándares internacionales y un cubo central con pantallas LED evocan los escenarios de la NBA. Sin embargo, lo que más impresiona no es su tecnología, sino su espíritu. Aquí entrenan jóvenes con sueños de representar a Bogotá, y también los vecinos del barrio, que alquilan la cancha por horas para vivir la experiencia de un coliseo profesional.
Más allá de sus partidos y entrenamientos, este espacio impulsa procesos de inclusión, liderazgo y convivencia, demostrando que el deporte también puede ser una herramienta de transformación social.
Este capítulo de Bogotario recorre un lugar que, sin reflectores ni grandes anuncios, ha logrado lo impensable, convertir una esquina barrial en un escenario de talla mundial, donde el talento y la comunidad juegan en el mismo equipo.
Frutas de todos los colores y sabores, verduras frescas, granos y cereales para todos los gustos, productos lácteos, proteínas, hierbas para darle una sazón especial a cada platillo, flores que le dan un empujoncito para conquistar cualquier corazón, y espacios para degustar el sabor de la gastronomía local, todo en un solo lugar: las plazas de mercado.
Eso sí, las plazas de mercado son mucho más que espacios de compra y venta, allí se encuentran el campo y la ciudad, se garantiza el abastecimiento de alimentos frescos y se mueve gran parte de la economía local, por lo que son una fuente esencial de empleo para miles de familias.
Desde la mirada del patrimonio cultural, estos lugares son verdaderos referentes históricos: guardan tradiciones, conservan prácticas, oficios y quehaceres que se han transmitido entre generaciones y cuentan, a su manera, cómo ha crecido y se ha transformado Bogotá.
Su valor histórico tiene una estrecha relación con el origen y desarrollo de la capital del país; quizás no lo sabías, pero desde la época colonial las plazas de mercado, ubicadas a cielo abierto en las principales plazas y parques de la ciudad, eran lugares de intercambio comercial y de encuentro social, a lo que hoy llamaríamos: hacer contactos, debido a la interacción entre distintos grupos sociales.
En esa época existía la plaza Mayor (hoy plaza de Bolívar), la plaza de San Victorino, y la plaza de San Francisco, plaza de la Yerba o “mercado viejo”, hoy conocido como plaza Santander; sin embargo, mientras la población de la ciudad crecía y se instauraban barrios alejados del centro, se dio paso a nuevas plazas de mercado.
En la actualidad, “en la ciudad se pueden contar 64 plazas de mercado, de las cuales 45 son gestionadas por actores comunitarios y entidades de carácter privado. Algunas se organizan de forma itinerante en parques, predios al aire libre, calles concurridas y pasajes comerciales, y otras, en espacios construidos”, destaca la publicación ‘Plazas de mercado en Bogotá. Patrimonio vivo’, del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural.
Mientras que, 19 de estas 64 son de carácter público, gestionadas desde el 2006 por el Instituto para la Economía Social (IPES), las cuales te invitan a caminar sin prisa, a dejarte tentar por sus aromas, y a descubrir las historias guardadas entre sus puestos y pasillos.
¿Dónde están ubicadas las plazas distritales de mercado en Bogotá?
A continuación, encontrarás un directorio de las plazas distritales de mercado ubicadas en Bogotá, espacios llenos de tradición, sabor y vida comunitaria que siguen alimentando la historia de la ciudad:
En Bogotá, los paseadores de perros se han convertido en una figura clave del paisaje urbano. Más que un oficio, su labor refleja cómo la ciudad ha cambiado; viviendas más pequeñas, jornadas laborales más largas y una creciente preocupación por el bienestar animal han hecho que este servicio sea no solo común, sino indispensable.
Cada día es más frecuente ver perros recorriendo parques, ciclovías y calles acompañados de sus paseadores, quienes organizan rutas, agrupan animales según tamaño y temperamento, y combinan disciplina con afecto. Este trabajo ha generado una red invisible de afectos entre humanos y mascotas, al mismo tiempo que moldea nuevas dinámicas de convivencia en el espacio público.
Bogotá es una de las ciudades con mayor tenencia de mascotas en Colombia, solo detrás de Medellín y Cali. Se calcula que el 40% de los hogares bogotanos tiene al menos una mascota, siendo el perro la preferida. Las razones detrás de este aumento son múltiples: cambios demográficos, hábitos de consumo, búsqueda de compañía o apoyo emocional, e incluso la protección que estos animales brindan en los hogares.
El oficio de paseador de perros surgió en Bogotá a finales de los años noventa, inicialmente en sectores de clase media-alta como Chapinero Alto y Rosales, y hoy se ha extendido a distintos barrios y clases sociales. La comunidad de paseadores es diversa. Jóvenes, adultos mayores, mujeres cabeza de hogar, profesionales en veterinaria o etología, y emprendedores que ven en esta labor una oportunidad sostenible y vocacional.
Más allá de la economía, los paseadores tienen un impacto directo en la vida de la ciudad. Su presencia constante en el espacio público no solo asegura el bienestar físico y emocional de los animales, sino que también fortalece la convivencia comunitaria. Para muchos dueños, representan una solución ante la falta de tiempo para atender a sus mascotas, garantizando que reciban ejercicio, socialización y atención constante.
Su labor demuestra que los cambios en la vida familiar, laboral y social de Bogotá han dado lugar a nuevos oficios, nuevas formas de conexión afectiva y nuevas maneras de habitar la ciudad. Pasear perros en Bogotá es, en definitiva, un acto que une humanos, animales y ciudad en un mismo ritmo.