Etiqueta: Bogotá

  • La moda bogotana es identidad y creatividad en una ciudad que se viste de diversidad

    La moda bogotana es identidad y creatividad en una ciudad que se viste de diversidad

    La moda en Bogotá es mucho más que una tendencia pasajera, es un reflejo de su gente, su historia y su clima. En una ciudad donde el sol, la lluvia y el frío pueden aparecer en un mismo día, la manera de vestir se ha convertido en un ejercicio de adaptación, creatividad y expresión.

    Los bogotanos han aprendido a moverse entre capas, abrigos livianos y accesorios funcionales que les permiten transitar un entorno urbano cambiante. Esta relación entre el clima y la ropa ha moldeado un estilo práctico, versátil y con identidad.

    Del corsé al denim: la evolución del estilo capitalino

    Durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX, la moda bogotana seguía de cerca los patrones europeos, especialmente los de París y Londres. Las mujeres usaban faldas amplias, corsés y blusas con cuello plisado, mientras los hombres lucían trajes al estilo inglés, con chaleco y saco.

    Con la llegada de los años 20 y 30, Bogotá empezó a experimentar una modernización en su vestuario. Las vitrinas de tiendas por departamentos como La Oriental o Sears mostraban prendas inspiradas en la elegancia inglesa, mientras las mujeres de clase alta se dejaban seducir por vestidos brillantes y los hombres mantenían una imagen conservadora.

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    El siglo XX trajo consigo una serie de transformaciones sociales que también se reflejaron en la ropa. En los años 40 y 50 predominó la silueta ajustada y femenina del estilo francés, aunque episodios como el Bogotazo marcaron un retorno a lo sencillo. En los 60 y 70, la juventud rompió las reglas con jeans de bota campana, blusas sueltas y una moda influenciada por el movimiento hippie.

    Los 80 y 90 fueron décadas de contraste. hombreras, chaquetas de mezclilla, minifaldas y brillos marcaron una estética influenciada por el rock y la televisión. Con el cambio de milenio, la ciudad adoptó un estilo más global e individualista, en el que convivían los pantalones descaderados con prendas unisex y looks urbanos más relajados.

    El clima como diseñador invisible

    A más de 2.600 metros sobre el nivel del mar, Bogotá impone su propio código climático. Las variaciones de temperatura y las lluvias intermitentes han hecho que la funcionalidad sea una regla de oro a la hora de vestir. Por eso, los bogotanos suelen combinar materiales térmicos, chaquetas impermeables y calzado resistente con piezas de diseño que aportan color y estilo.

    Esta relación entre clima y moda ha impulsado una estética urbana en la que lo útil no está reñido con lo bello. El resultado: una ciudad donde el paraguas es tan esencial como una buena chaqueta, y donde cada prenda cuenta una historia de adaptación.

    Sostenibilidad e inclusión

    En los últimos años, Bogotá se ha consolidado como un laboratorio de innovación textil. Diseñadores emergentes, marcas independientes y colectivos creativos han impulsado una transformación hacia una moda más consciente, basada en la sostenibilidad, el reciclaje y el consumo responsable.

    Frente a los impactos de la moda rápida, estos nuevos creadores apuestan por materiales reciclados, procesos éticos y una producción más humana. Además, la inclusión ha ganado espacio en pasarelas y colecciones donde se muestran cuerpos, edades y estilos diversos, rompiendo los antiguos estereotipos de belleza.

    Cuando la moda cuenta historias

    En Bogotá, la moda no se limita a los desfiles. Es también una forma de contar quiénes somos. Diseñadores locales reinterpretan símbolos de las culturas indígenas, afrodescendientes y campesinas, fusionándose con influencias globales. Así, cada prenda se convierte en un testimonio del mestizaje cultural de la capital.

    Las calles bogotanas funcionan como pasarelas espontáneas donde se cruzan estilos, generaciones y narrativas. Desde los textiles andinos hasta las chaquetas urbanas, la moda capitalina demuestra que en esta ciudad vestirse es, al mismo tiempo, protegerse del clima y expresar una identidad múltiple, cambiante y profundamente bogotana.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

  • La Plaza de Lourdes es el lugar donde conviven fe, barrio y contracultura en el Bogotario

    La Plaza de Lourdes es el lugar donde conviven fe, barrio y contracultura en el Bogotario

    En Chapinero, la Plaza de Lourdes funciona como un espejo de las tensiones y mezclas que definen a Bogotá. A la sombra de una basílica neogótica que domina el paisaje, conviven vendedores informales, artistas callejeros, juventudes contraculturales y fieles que llegan en busca de recogimiento. Allí, lo religioso y lo cotidiano se rozan sin pedir permiso, haciendo de la plaza un escenario vivo de encuentros, disputas y memorias compartidas.

    La historia del lugar está íntimamente ligada a la construcción de la Basílica de Nuestra Señora de Lourdes, un proyecto que tomó forma a finales del siglo XIX, en medio de un país que redefinía su relación entre el Estado y la Iglesia tras la independencia.

    El impulso vino del arzobispo Vicente Arbeláez, una de las figuras más influyentes del catolicismo colombiano de la época, quien, pese a choques con gobiernos liberales y a dos periodos de exilio, promovió la edificación de un templo inspirado en el neogótico europeo que conoció durante sus viajes. La iniciativa no solo respondía a una motivación espiritual, sino también a una apuesta urbana: dinamizar el crecimiento de Chapinero, entonces percibido como un asentamiento periférico.

    Referente arquitectónico

    El templo se convirtió en un referente arquitectónico del periodo republicano. Su orientación tradicional, la presencia de una plaza frontal y un parque contiguo dialogan con modelos medievales reinterpretados para el contexto colombiano del siglo XIX, cuando se impulsó la construcción de parroquias independientes de las órdenes religiosas. Décadas después, este conjunto urbano terminaría consolidándose como uno de los hitos del norte de la ciudad.

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    La plaza, inaugurada en 1886 con el nombre de Parque Rivas, ha sido testigo directo del tránsito de Bogotá hacia la modernidad. Por allí han pasado transformaciones en el uso del espacio público, cambios en las dinámicas barriales y nuevas formas de habitar la ciudad. Esa acumulación de capas históricas explica por qué Lourdes no es solo un punto de paso, sino un lugar cargado de identidad.

    En los últimos años, el sitio también ha ganado protagonismo dentro del turismo religioso en Bogotá. La basílica, declarada basílica menor por el Vaticano en 2016, atrae visitantes que buscan recorrer la ciudad desde una mirada espiritual y patrimonial, integrando la experiencia de fe con la exploración cultural.

    Hoy, la Plaza de Lourdes resume uno de los grandes dilemas urbanos de la capital: cómo preservar el patrimonio sin congelar la vida que lo rodea. A pesar de los retos de conservación y gestión del espacio público, el lugar sigue latiendo gracias a la apropiación ciudadana. Entre campanas, grafitis, rezos y conversaciones cotidianas, Lourdes se mantiene como un nodo donde la memoria y el presente dialogan, recordándole al Bogotario que su historia también se escribe en sus plazas.

  • Bogotá, la ciudad donde el ladrillo marca la identidad urbana

    Bogotá, la ciudad donde el ladrillo marca la identidad urbana

    Desde cualquier esquina de Bogotá, el tono terracota de los ladrillos llama la atención. Este color no es casual: surge de técnicas constructivas traídas por los españoles y de la abundancia de arcillas bajo los cerros orientales y buena parte de la sabana, vestigios de un pasado lacustre. Hoy, el ladrillo es democrático: no distingue estrato social ni ubicación, y se ha convertido en un símbolo que define la identidad de la capital colombiana.

    Los primeros chircales: cuna de familias y barrios

    La historia del ladrillo comienza a mediados del siglo XIX con los primeros chircales, fábricas de ladrillos, tejas y baldosas en la periferia de la ciudad. Allí, haciendas y barrios emergentes aprovecharon la calidad de las arcillas para crear un recurso económico que sostuvo a cientos de familias, muchas de ellas desplazadas del campo por la violencia que azotó Colombia a principios del siglo XX. Barrios como Las Cruces y San Cristóbal nacieron alrededor de esta industria popular y de la incipiente industrialización urbana.

    La transformación del paisaje

    El auge del ladrillo creció con la expansión de Bogotá. Los cerros orientales se vieron marcados por canteras que extraían arcilla, gravas, arenas y calizas para abastecer la construcción. Estas explotaciones dejaron cicatrices visibles, sumándose a las nuevas intervenciones mineras en la periferia.

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    Arquitectos como Fernando Martínez Sanabria, Guillermo Bermúdez, Germán Samper y, especialmente, Rogelio Salmona, elevaron al ladrillo de lo funcional a lo artístico. Sus diseños exploraron formas orgánicas, curvas y la presencia del agua, creando una estética vanguardista que aún define el paisaje urbano de Bogotá.

    Un patrimonio cotidiano

    Para quienes viven en la ciudad, los edificios de ladrillo pueden pasar desapercibidos, integrados al día a día. Pero para visitantes o la diáspora rola que extraña la capital, el color y la calidez del ladrillo son un distintivo único. Bogotá respira ladrillo: un testimonio vivo de su historia, de sus recursos naturales y de la manera en que sus habitantes han construido su identidad.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

  • San Victorino, el mercado que define la moda mayorista en Bogotá

    San Victorino, el mercado que define la moda mayorista en Bogotá

    En el centro de Bogotá, a pocos metros de la Casa de Nariño y la Alcaldía, se encuentra San Victorino, un mercado que ha crecido hasta convertirse en uno de los nodos económicos más relevantes de la capital.

    Sus calles y plazas concentran un ecosistema complejo donde confluyen comerciantes mayoristas, emprendedores, vendedores informales y compradores de todo el país, movilizando cada mes cerca de 200.000 prendas de vestir. Para el sector textil colombiano, San Victorino se ha consolidado como un referente indiscutible: si un producto no pasa por aquí, casi no existe.

    Más que un mercado, San Victorino es un espacio donde la actividad económica se combina con la creatividad y la supervivencia urbana. Los visitantes se enfrentan a un paisaje sensorial intenso: los pregones de los vendedores, el ritmo de los parlantes, los colores y la variedad de mercancía generan una dinámica constante que define la vida del barrio.

    Migrantes internos, emprendedores locales y compradores de distintas regiones se mezclan en un movimiento diario que refleja tanto las oportunidades como los retos del comercio informal. Desde jugos de frutas frescas hasta ropa y artículos electrónicos, cada oferta es parte de un entramado económico que sostiene a miles de familias.

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    Uno de los eventos más característicos del mercado es El Madrugón, un ritual que comienza antes del amanecer y reúne a miles de personas con un propósito común: abastecerse de ropa al mejor precio. Este fenómeno ilustra la estructura del comercio mayorista informal en Bogotá, articulando redes de distribución que abastecen a revendedores y comerciantes en todo el país. El Madrugón, además, refleja cómo la economía de rebusque se organiza en torno a la eficiencia y la oportunidad, convirtiéndose en un espacio donde la planificación y la improvisación conviven en equilibrio.

    A pesar de su arraigo y dinamismo, San Victorino enfrenta retos significativos ante el crecimiento del comercio digital. La expansión del e-commerce exige nuevas estrategias a los comerciantes tradicionales, quienes deben adaptarse a un mercado cada vez más conectado sin perder su esencia como epicentro de la economía popular. La evolución de este barrio muestra cómo tradición y modernidad conviven en la capital, mientras miles de personas continúan construyendo su sustento en medio del caos y la creatividad.

    San Victorino no es solo un mercado, es un espejo de Bogotá, un espacio donde se cruzan historia, economía y vida cotidiana, y donde cada transacción, pregón y movimiento contribuye a la narrativa de una ciudad en constante transformación.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

  • El Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella consolida la agenda cultural de Bogotá

    El Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella consolida la agenda cultural de Bogotá

    El Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella se ha consolidado como un referente cultural en Bogotá y Colombia, integrando historia, innovación y accesibilidad en 17.000 metros cuadrados dedicados a las artes escénicas, plásticas y audiovisuales. Este espacio no solo ofrece infraestructura moderna para la creación y exhibición artística, sino que también impulsa la democratización del acceso a la cultura y la diversidad de expresiones creativas.

    El emblemático Teatro Colón, declarado Patrimonio Cultural de la Nación en 1975, forma parte del complejo y se suma a tres salas contemporáneas: Delia Zapata, Experimental Fanny Mikey y Sinfónica Teresita Gómez. Construido entre 1885 y 1895 por el arquitecto italiano Pietro Cantini, el Colón ha sido escenario de las principales manifestaciones culturales y musicales del país, incluyendo la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia.

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    La Sala Delia Zapata, con capacidad para 511 espectadores, permite realizar producciones de danza, ópera y teatro a gran escala, con tecnología avanzada y un foso motorizado para orquesta. Su telón de boca, diseñado por Pedro Ruiz Navia, rinde homenaje a la bailarina afrocolombiana, mostrando un retrato monumental que celebra su legado y su histórica presentación en el Colón en 1954.

    El Centro atrae a públicos diversos: familias, estudiantes, académicos, artistas profesionales y aficionados, así como visitantes internacionales. Además, fomenta la participación de colectivos locales y artistas emergentes, promoviendo la diversidad étnica, de género y social en su programación, y fortaleciendo la apropiación cultural desde la comunidad. Tras su consolidación, el Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella combina tradición y modernidad, ampliando significativamente la oferta cultural de Bogotá y el país, y convirtiéndose en un espacio inclusivo donde el arte se reconoce como un bien común y un derecho para toda la sociedad.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

  • ¡Pilas! Este 2 de enero no habrá pico y placa en Bogotá

    ¡Pilas! Este 2 de enero no habrá pico y placa en Bogotá

    La Alcaldía Mayor de Bogotá anunció que los días viernes 26 de diciembre de 2025 y viernes 2 de enero de 2026 no se aplicará la medida de pico y placa en la ciudad. La decisión busca facilitar el tránsito vehicular y permitir un flujo más ágil para los viajeros que ingresan o salen de la capital durante la temporada de fin de año y Año Nuevo.

    ‘Revisadas las fechas que vienen, tomamos la decisión de levantar el pico y placa dos días. Va a ser el 26 de diciembre y el 2 de enero. Esos dos viernes no va a haber pico y placa en Bogotá y eso va a garantizar que la gente se pueda mover durante esos dos fines de semana, el de Navidad y el de Año Nuevo’, aseguró el alcalde de Bogotá, Carlos Fernando Galán.

    Durante los días hábiles de diciembre de 2025 y enero de 2026, la restricción seguirá vigente normalmente, excepto en las fechas mencionadas. Por su parte, los lunes festivos 8 de diciembre de 2025 y 12 de enero de 2026, regirá la modalidad de pico y placa regional para el ingreso a Bogotá.

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    La Secretaría Distrital de Movilidad (SDM), en coordinación con la Policía de Tránsito, desplegará controles en vías principales y barriales, enfocándose en prevenir la conducción bajo los efectos del alcohol, combatir el mal parqueo y recuperar el espacio público.

    Estas acciones se enmarcan dentro del Plan Navidad 2025, que busca garantizar una movilidad más segura y fluida durante las festividades, con apoyo de las Alcaldías Locales y el Departamento Administrativo de La Defensoría del Espacio Público (DADEP).

    *Foto: Alcaldía de Bogotá

  • El Museo de la Ciudad Autoconstruida es la memoria viva de quienes levantaron Bogotá

    El Museo de la Ciudad Autoconstruida es la memoria viva de quienes levantaron Bogotá

    En Bogotá, muchas de las historias familiares comienzan con una pala, unos ladrillos y la determinación de levantar un hogar. La autoconstrucción, ese proceso en el que las personas edifican sus propias viviendas con los recursos y conocimientos que tienen a la mano, es parte esencial del ADN urbano de la capital.

    No se trata solo de una práctica arquitectónica, sino de una forma de vida que mezcla necesidad, creatividad y resistencia.

    En localidades como Ciudad Bolívar, buena parte de las casas fueron construidas por sus propios habitantes. Cada muro refleja el esfuerzo de generaciones que llegaron desde distintas regiones del país, impulsadas por el deseo de tener un techo propio en medio de un contexto de desigualdad y desplazamiento.

    Así, la capital se ha convertido, en gran medida, en una ciudad autoconstruida, un territorio donde cada vivienda cuenta su propia historia y donde el derecho a la vivienda digna se entrelaza con la lucha por permanecer y habitar la ciudad.

    Un concepto que se reconoce en el paisaje

    Basta mirar por la ventana o recorrer los barrios más tradicionales para descubrir que la autoconstrucción está en todas partes. No hace falta ser arquitecto ni urbanista para notarlo. La diversidad de formas, materiales y estilos revela cómo miles de familias levantaron sus casas pieza a pieza, muchas veces sin planos, pero con una clara visión de futuro.

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    En el corazón de Ciudad Bolívar se levanta un espacio que rinde homenaje a esa historia colectiva: el Museo de la Ciudad Autoconstruida. Este lugar, de entrada gratuita, invita a los visitantes a comprender el valor social y cultural de la autoconstrucción en Bogotá.

    El recorrido inicia en el tercer piso del edificio, donde se encuentra la exposición Explotación, estigmatización y resistencia. A través de fotografías, relatos y objetos cotidianos, se reflexiona sobre las tensiones entre el territorio, la explotación de recursos naturales y los desafíos ambientales que enfrenta la comunidad. Desde los ventanales del museo, se puede observar el paisaje de la localidad y el Cerro Seco, un mirador natural que recuerda la fuerza con la que esta zona ha crecido.La creación del museo fue posible gracias a las transformaciones urbanas que trajo la llegada del cable aéreo a Ciudad Bolívar, infraestructura que no solo mejoró la movilidad, sino que impulsó nuevos espacios para el encuentro, la cultura y la memoria.

    El Museo de la Ciudad Autoconstruida no solo guarda los recuerdos de quienes edificaron sus hogares, sino que permite entender cómo millones de bogotanos han construido, literalmente, la ciudad en la que viven. Un recordatorio de que Bogotá no solo se diseñó desde los planos de un arquitecto, sino también desde las manos y los sueños de su gente.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

  • El Mercado de Pulgas de Usaquén: tradición, arte y encuentro

    El Mercado de Pulgas de Usaquén: tradición, arte y encuentro

    Cada domingo, Usaquén despierta con el bullicio de los visitantes que llegan al tradicional Mercado de Pulgas, uno de los puntos más emblemáticos del turismo cultural en Bogotá. Entre calles empedradas y fachadas coloniales, se alzan decenas de toldos donde se mezclan las antigüedades, el arte, la ropa vintage, los discos de vinilo, los objetos de colección y la artesanía local.

    Más que un lugar para comprar, el mercado se ha convertido en un espacio de encuentro. Allí coinciden artesanos, coleccionistas, artistas, turistas y vecinos del sector, creando un ambiente que refleja la diversidad y la vitalidad cultural de la ciudad.

    Una historia que empezó en los años noventa

    El origen del Mercado de Pulgas de Usaquén se remonta a 1990, cuando un grupo de artesanos y pequeños comerciantes se organizó bajo el nombre de Asociación de Expositores Toldos de San Pelayo. La iniciativa, respaldada por la Alcaldía de Bogotá, buscaba ofrecer un escenario formal para quienes vivían de los oficios creativos y del comercio de antigüedades.

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    Desde sus primeros años, el mercado reunió a restauradores, libreros, vendedores de curiosidades y creadores de piezas únicas hechas a mano. Con el tiempo, se transformó en un referente cultural y turístico de la capital, al que acuden tanto bogotanos como visitantes de otras ciudades y países.

    Un ecosistema de creatividad y economía popular

    Más de tres décadas después, este mercado a cielo abierto sigue siendo motor de la economía local. Para muchos expositores, representa una oportunidad de sustento y un espacio donde se visibilizan saberes tradicionales y expresiones artísticas que, de otro modo, quedarían relegadas.

    En cada puesto hay una historia: manos que restauran muebles antiguos, artistas que reinventan materiales reciclados, o emprendedores que mantienen vivas técnicas artesanales heredadas por generaciones.

    Un símbolo cultural de Bogotá

    El Mercado de Pulgas de Usaquén no solo dinamiza el comercio, sino que fortalece la identidad bogotana. Su mezcla de tradición y modernidad, sumada a la arquitectura del barrio, lo convierte en una experiencia cultural completa para quienes buscan descubrir el alma creativa de la ciudad.

    Entre los corazones de Usaquén, este mercado sigue siendo un símbolo de inclusión, encuentro y memoria: un lugar donde la cultura no se guarda en vitrinas, sino que se vive cada fin de semana, al aire libre.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

  • El Jardín Botánico Real de Colombia es un oasis verde que se esconde en Ciudad Bolívar

    El Jardín Botánico Real de Colombia es un oasis verde que se esconde en Ciudad Bolívar

    En el sur de Bogotá, entre la densidad urbana del barrio Lucero Medio, se encuentra un refugio verde que pasa desapercibido tras la fachada de una casa, el Jardín Botánico Real de Colombia.

    Aunque pequeño, este espacio reúne una colección viva de plantas que refleja la riqueza y diversidad de especies de nuestro país. Para estudiantes de primaria del I.E.D. Ciudad de Montreal, vecino al jardín, se ha convertido en un aula ambiental al aire libre, mientras que las aves locales disfrutan de un descanso de tranquilidad y alimento.

    La historia de este jardín se remonta a 1989, cuando Édgar Parra y su familia fundaron el Gimnasio Real de Colombia en terrenos que habían adquirido anteriormente.

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    Su sueño era que el colegio contara con áreas verdes, conservando algunos árboles de los antiguos propietarios y seleccionando cuidadosamente especies que pudieran prosperar en los espacios disponibles. Hasta 2012 funcionó como colegio, cuando la familia Parra decidió preservar las zonas verdes y transformarlas en el Jardín Botánico Real de Colombia, un homenaje a la antigua institución.

    En el 2020, la Secretaría de Educación comenzó a usar las instalaciones para la Sede B del I.E.D. Ciudad de Montreal, destinada a estudiantes de básica primaria. Pese a ciertas restricciones por la presencia de alumnos, el jardín sigue abierto al público, y actualmente se trabaja en habilitar un restaurante en el lote del cenote para generar recursos que apoyen su funcionamiento.

    Un recorrido por sus colecciones

    El Jardín Botánico organiza sus colecciones principalmente según criterios taxonómicos y ecológicos, agrupando las plantas de acuerdo con las condiciones que favorecen su desarrollo, como luz, sombra y riego. Entre sus espacios destacan:

    • Insectario: primer punto del recorrido, con una colección taxidérmica de insectos polinizadores, especialmente mariposas.
    • Orquídeas: bajo sombra controlada, se encuentra una variada colección de orquídeas, muchas endémicas de Colombia.
    • Bromelias: epífitas que aprovechan la penumbra y la humedad, mostrando gran diversidad de formas y colores.
    • Frutas y hortalizas: estructuras que sostienen pasifloras como la curuba y cucurbitáceas como el pepino de guiso, donde convive una planta invasora, el ojo de poeta (Thunbergia alata).
    • Suculentas: en terrazas soleadas, donde reciben abundante luz natural.
    • Bosque nativo: árboles históricos como el pino romerón y el caucho sabanero, con vistas privilegiadas desde un puente de guadua.
    • Cenote: piscina alimentada por manantial, uno de los atractivos más singulares del jardín, junto a un mariposario al aire libre y el único ejemplar de palma de cera del predio.

    Más allá de su belleza y diversidad, el Jardín Botánico Real de Colombia representa un esfuerzo comunitario y educativo en Ciudad Bolívar. Su existencia demuestra cómo la preservación de áreas verdes puede convertirse en un aula ambiental y un atractivo turístico, ofreciendo a los bogotanos la oportunidad de acercarse a la naturaleza sin salir de la ciudad.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

  • El Humedal Santa María del Lago resiste entre las avenidas de Engativá

    El Humedal Santa María del Lago resiste entre las avenidas de Engativá

    Entre el concreto, los carros y el ruido del noroccidente bogotano, sobrevive un pulmón verde que parece desafiar el paso del tiempo. El humedal Santa María del Lago, en la localidad de Engativá, es hoy un refugio de vida silvestre que resiste las presiones de la expansión urbana.

    Con 10,8 hectáreas de extensión, de las cuales 5,64 pertenecen al espejo de agua, este espacio es mucho más que un paisaje bonito: regula la temperatura, mejora la calidad del aire y sirve de hogar a decenas de especies de aves nativas y migratorias.

    Fue declarado Parque Ecológico Distrital de Humedal en el año 2000, y desde entonces se ha convertido en uno de los ecosistemas urbanos más emblemáticos de la capital.

    De hacienda rural a enclave urbano

    A comienzos del siglo pasado, el área donde hoy se levanta el humedal era parte del paisaje rural de la sabana. En 1936, el expresidente Alfonso López Pumarejo adquirió los terrenos, entonces convertidos en una hacienda de 43 hectáreas donde se practicaba la pesca y la navegación recreativa.

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    El panorama cambió en 1954, cuando Engativá fue anexada a Bogotá. Las nuevas urbanizaciones, junto con la construcción de la avenida Boyacá y la calle 80, fragmentaron el ecosistema y alteraron su equilibrio hídrico. Para los años ochenta, el humedal ya era un espacio deteriorado, cercado por edificios y usado como depósito de escombros.

    Una recuperación impulsada por la comunidad

    El punto de quiebre llegó en los noventa, cuando la comunidad empezó a organizarse para salvarlo. En 1997 se cercó completamente el perímetro, y en 2001 la Secretaría Distrital de Ambiente lanzó un proyecto integral de recuperación que incluyó limpieza, control de vertimientos y procesos de educación ambiental.

    Las acciones continuaron con la creación de las Aulas Ambientales, que convirtieron al humedal en un laboratorio vivo de aprendizaje ciudadano. En 2010, la entidad adoptó el plan de manejo ambiental que garantizó su protección como área ecológica.

    La amenaza de la desconexión del agua

    A pesar de los avances, Santa María del Lago enfrenta hoy una amenaza menos visible pero determinante, su aislamiento hídrico. Décadas de urbanización y canalización lo dejaron sin conexión con quebradas o acuíferos naturales. El humedal depende casi por completo del agua lluvia, lo que genera una peligrosa inestabilidad: en temporada seca, el nivel baja drásticamente; en lluvias, recibe descargas contaminadas.

    Para reducir el impacto, se adelanta la construcción de un colector sobre la carrera 76, con el fin de desviar las aguas residuales que aún llegan al ecosistema.

    Un oasis que enseña a cuidar la ciudad

    Hoy, entre garzas, juncos y espejos de agua, el humedal Santa María del Lago es un aula abierta para la ciudad. Cada recorrido revela la fuerza de un territorio que se niega a desaparecer y la persistencia de quienes lo protegen.

    En medio del ruido urbano, este espacio sigue recordando que Bogotá no solo se construye con cemento, sino también con raíces, memoria y agua.

    *Contenido financiado por el Fondo Único de TIC.

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