(Superclásico): una historia de segundas oportunidades entre Buenos Aires, vino y fútbol
La premisa es sencilla y atrapante: Christian, un danés de 40 años, siente que su vida se le desarma por todos lados. Su tienda de vinos no va bien, su rutina se le queda corta y, sobre todo, su matrimonio se rompió: Anna, su esposa, se fue a Buenos Aires, donde ahora trabaja como representante deportiva y vive una vida de lujo al lado de Juan Díaz, una estrella del fútbol vinculada a Boca Juniors. 
Un viaje con excusa… y con intención real
Con el pretexto de “cerrar el capítulo” y firmar el divorcio, Christian toma un avión rumbo a Argentina. Pero la verdadera intención es otra: intentar recuperar a Anna. Y no viaja solo: lo acompaña Oscar, su hijo adolescente, que termina siendo pieza clave de este recorrido (y, muchas veces, el que pone los pies en la tierra cuando el plan se sale de control). 
En Buenos Aires, la historia se mueve entre lo emocional y lo cotidiano: conversaciones pendientes, silencios incómodos, momentos inesperados y ese contraste entre dos mundos que se encuentran —el de Christian y el de la nueva vida de Anna— con el fútbol como telón de fondo. 
¿Qué tipo de película es?
Noche de vino y copas se cuenta en clave de comedia con corazón: un relato de viaje y relaciones, donde el foco está en los vínculos (pareja, padre e hijo) y en cómo una ciudad y un contexto totalmente distinto pueden cambiar la forma de mirar lo que uno quiere… y lo que uno necesita. 
El elenco y los datos para tener en el radar • Dirección: Ole Christian Madsen  • Protagonistas: Anders W. Berthelsen (Christian), Paprika Steen (Anna), Sebastián Estevanez (Juan Díaz)  • Título original: Superclásico  • Duración: 1 h 37 min 
En Chapinero, la Plaza de Lourdes funciona como un espejo de las tensiones y mezclas que definen a Bogotá. A la sombra de una basílica neogótica que domina el paisaje, conviven vendedores informales, artistas callejeros, juventudes contraculturales y fieles que llegan en busca de recogimiento. Allí, lo religioso y lo cotidiano se rozan sin pedir permiso, haciendo de la plaza un escenario vivo de encuentros, disputas y memorias compartidas.
La historia del lugar está íntimamente ligada a la construcción de la Basílica de Nuestra Señora de Lourdes, un proyecto que tomó forma a finales del siglo XIX, en medio de un país que redefinía su relación entre el Estado y la Iglesia tras la independencia.
El impulso vino del arzobispo Vicente Arbeláez, una de las figuras más influyentes del catolicismo colombiano de la época, quien, pese a choques con gobiernos liberales y a dos periodos de exilio, promovió la edificación de un templo inspirado en el neogótico europeo que conoció durante sus viajes. La iniciativa no solo respondía a una motivación espiritual, sino también a una apuesta urbana: dinamizar el crecimiento de Chapinero, entonces percibido como un asentamiento periférico.
Referente arquitectónico
El templo se convirtió en un referente arquitectónico del periodo republicano. Su orientación tradicional, la presencia de una plaza frontal y un parque contiguo dialogan con modelos medievales reinterpretados para el contexto colombiano del siglo XIX, cuando se impulsó la construcción de parroquias independientes de las órdenes religiosas. Décadas después, este conjunto urbano terminaría consolidándose como uno de los hitos del norte de la ciudad.
La plaza, inaugurada en 1886 con el nombre de Parque Rivas, ha sido testigo directo del tránsito de Bogotá hacia la modernidad. Por allí han pasado transformaciones en el uso del espacio público, cambios en las dinámicas barriales y nuevas formas de habitar la ciudad. Esa acumulación de capas históricas explica por qué Lourdes no es solo un punto de paso, sino un lugar cargado de identidad.
En los últimos años, el sitio también ha ganado protagonismo dentro del turismo religioso en Bogotá. La basílica, declarada basílica menor por el Vaticano en 2016, atrae visitantes que buscan recorrer la ciudad desde una mirada espiritual y patrimonial, integrando la experiencia de fe con la exploración cultural.
Hoy, la Plaza de Lourdes resume uno de los grandes dilemas urbanos de la capital: cómo preservar el patrimonio sin congelar la vida que lo rodea. A pesar de los retos de conservación y gestión del espacio público, el lugar sigue latiendo gracias a la apropiación ciudadana. Entre campanas, grafitis, rezos y conversaciones cotidianas, Lourdes se mantiene como un nodo donde la memoria y el presente dialogan, recordándole al Bogotario que su historia también se escribe en sus plazas.
En el centro de Bogotá, a pocos metros de la Casa de Nariño y la Alcaldía, se encuentra San Victorino, un mercado que ha crecido hasta convertirse en uno de los nodos económicos más relevantes de la capital.
Sus calles y plazas concentran un ecosistema complejo donde confluyen comerciantes mayoristas, emprendedores, vendedores informales y compradores de todo el país, movilizando cada mes cerca de 200.000 prendas de vestir. Para el sector textil colombiano, San Victorino se ha consolidado como un referente indiscutible: si un producto no pasa por aquí, casi no existe.
Más que un mercado, San Victorino es un espacio donde la actividad económica se combina con la creatividad y la supervivencia urbana. Los visitantes se enfrentan a un paisaje sensorial intenso: los pregones de los vendedores, el ritmo de los parlantes, los colores y la variedad de mercancía generan una dinámica constante que define la vida del barrio.
Migrantes internos, emprendedores locales y compradores de distintas regiones se mezclan en un movimiento diario que refleja tanto las oportunidades como los retos del comercio informal. Desde jugos de frutas frescas hasta ropa y artículos electrónicos, cada oferta es parte de un entramado económico que sostiene a miles de familias.
Uno de los eventos más característicos del mercado es El Madrugón, un ritual que comienza antes del amanecer y reúne a miles de personas con un propósito común: abastecerse de ropa al mejor precio. Este fenómeno ilustra la estructura del comercio mayorista informal en Bogotá, articulando redes de distribución que abastecen a revendedores y comerciantes en todo el país. El Madrugón, además, refleja cómo la economía de rebusque se organiza en torno a la eficiencia y la oportunidad, convirtiéndose en un espacio donde la planificación y la improvisación conviven en equilibrio.
A pesar de su arraigo y dinamismo, San Victorino enfrenta retos significativos ante el crecimiento del comercio digital. La expansión del e-commerce exige nuevas estrategias a los comerciantes tradicionales, quienes deben adaptarse a un mercado cada vez más conectado sin perder su esencia como epicentro de la economía popular. La evolución de este barrio muestra cómo tradición y modernidad conviven en la capital, mientras miles de personas continúan construyendo su sustento en medio del caos y la creatividad.
San Victorino no es solo un mercado, es un espejo de Bogotá, un espacio donde se cruzan historia, economía y vida cotidiana, y donde cada transacción, pregón y movimiento contribuye a la narrativa de una ciudad en constante transformación.
El Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella se ha consolidado como un referente cultural en Bogotá y Colombia, integrando historia, innovación y accesibilidad en 17.000 metros cuadrados dedicados a las artes escénicas, plásticas y audiovisuales. Este espacio no solo ofrece infraestructura moderna para la creación y exhibición artística, sino que también impulsa la democratización del acceso a la cultura y la diversidad de expresiones creativas.
El emblemático Teatro Colón, declarado Patrimonio Cultural de la Nación en 1975, forma parte del complejo y se suma a tres salas contemporáneas: Delia Zapata, Experimental Fanny Mikey y Sinfónica Teresita Gómez. Construido entre 1885 y 1895 por el arquitecto italiano Pietro Cantini, el Colón ha sido escenario de las principales manifestaciones culturales y musicales del país, incluyendo la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia.
La Sala Delia Zapata, con capacidad para 511 espectadores, permite realizar producciones de danza, ópera y teatro a gran escala, con tecnología avanzada y un foso motorizado para orquesta. Su telón de boca, diseñado por Pedro Ruiz Navia, rinde homenaje a la bailarina afrocolombiana, mostrando un retrato monumental que celebra su legado y su histórica presentación en el Colón en 1954.
El Centro atrae a públicos diversos: familias, estudiantes, académicos, artistas profesionales y aficionados, así como visitantes internacionales. Además, fomenta la participación de colectivos locales y artistas emergentes, promoviendo la diversidad étnica, de género y social en su programación, y fortaleciendo la apropiación cultural desde la comunidad. Tras su consolidación, el Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella combina tradición y modernidad, ampliando significativamente la oferta cultural de Bogotá y el país, y convirtiéndose en un espacio inclusivo donde el arte se reconoce como un bien común y un derecho para toda la sociedad.
En Bogotá, muchas de las historias familiares comienzan con una pala, unos ladrillos y la determinación de levantar un hogar. La autoconstrucción, ese proceso en el que las personas edifican sus propias viviendas con los recursos y conocimientos que tienen a la mano, es parte esencial del ADN urbano de la capital.
No se trata solo de una práctica arquitectónica, sino de una forma de vida que mezcla necesidad, creatividad y resistencia.
En localidades como Ciudad Bolívar, buena parte de las casas fueron construidas por sus propios habitantes. Cada muro refleja el esfuerzo de generaciones que llegaron desde distintas regiones del país, impulsadas por el deseo de tener un techo propio en medio de un contexto de desigualdad y desplazamiento.
Así, la capital se ha convertido, en gran medida, en una ciudad autoconstruida, un territorio donde cada vivienda cuenta su propia historia y donde el derecho a la vivienda digna se entrelaza con la lucha por permanecer y habitar la ciudad.
Un concepto que se reconoce en el paisaje
Basta mirar por la ventana o recorrer los barrios más tradicionales para descubrir que la autoconstrucción está en todas partes. No hace falta ser arquitecto ni urbanista para notarlo. La diversidad de formas, materiales y estilos revela cómo miles de familias levantaron sus casas pieza a pieza, muchas veces sin planos, pero con una clara visión de futuro.
En el corazón de Ciudad Bolívar se levanta un espacio que rinde homenaje a esa historia colectiva: el Museo de la Ciudad Autoconstruida. Este lugar, de entrada gratuita, invita a los visitantes a comprender el valor social y cultural de la autoconstrucción en Bogotá.
El recorrido inicia en el tercer piso del edificio, donde se encuentra la exposición Explotación, estigmatización y resistencia. A través de fotografías, relatos y objetos cotidianos, se reflexiona sobre las tensiones entre el territorio, la explotación de recursos naturales y los desafíos ambientales que enfrenta la comunidad. Desde los ventanales del museo, se puede observar el paisaje de la localidad y el Cerro Seco, un mirador natural que recuerda la fuerza con la que esta zona ha crecido.La creación del museo fue posible gracias a las transformaciones urbanas que trajo la llegada del cable aéreo a Ciudad Bolívar, infraestructura que no solo mejoró la movilidad, sino que impulsó nuevos espacios para el encuentro, la cultura y la memoria.
El Museo de la Ciudad Autoconstruida no solo guarda los recuerdos de quienes edificaron sus hogares, sino que permite entender cómo millones de bogotanos han construido, literalmente, la ciudad en la que viven. Un recordatorio de que Bogotá no solo se diseñó desde los planos de un arquitecto, sino también desde las manos y los sueños de su gente.
Cada domingo, Usaquén despierta con el bullicio de los visitantes que llegan al tradicional Mercado de Pulgas, uno de los puntos más emblemáticos del turismo cultural en Bogotá. Entre calles empedradas y fachadas coloniales, se alzan decenas de toldos donde se mezclan las antigüedades, el arte, la ropa vintage, los discos de vinilo, los objetos de colección y la artesanía local.
Más que un lugar para comprar, el mercado se ha convertido en un espacio de encuentro. Allí coinciden artesanos, coleccionistas, artistas, turistas y vecinos del sector, creando un ambiente que refleja la diversidad y la vitalidad cultural de la ciudad.
Una historia que empezó en los años noventa
El origen del Mercado de Pulgas de Usaquén se remonta a 1990, cuando un grupo de artesanos y pequeños comerciantes se organizó bajo el nombre de Asociación de Expositores Toldos de San Pelayo. La iniciativa, respaldada por la Alcaldía de Bogotá, buscaba ofrecer un escenario formal para quienes vivían de los oficios creativos y del comercio de antigüedades.
Desde sus primeros años, el mercado reunió a restauradores, libreros, vendedores de curiosidades y creadores de piezas únicas hechas a mano. Con el tiempo, se transformó en un referente cultural y turístico de la capital, al que acuden tanto bogotanos como visitantes de otras ciudades y países.
Un ecosistema de creatividad y economía popular
Más de tres décadas después, este mercado a cielo abierto sigue siendo motor de la economía local. Para muchos expositores, representa una oportunidad de sustento y un espacio donde se visibilizan saberes tradicionales y expresiones artísticas que, de otro modo, quedarían relegadas.
En cada puesto hay una historia: manos que restauran muebles antiguos, artistas que reinventan materiales reciclados, o emprendedores que mantienen vivas técnicas artesanales heredadas por generaciones.
Un símbolo cultural de Bogotá
El Mercado de Pulgas de Usaquén no solo dinamiza el comercio, sino que fortalece la identidad bogotana. Su mezcla de tradición y modernidad, sumada a la arquitectura del barrio, lo convierte en una experiencia cultural completa para quienes buscan descubrir el alma creativa de la ciudad.
Entre los corazones de Usaquén, este mercado sigue siendo un símbolo de inclusión, encuentro y memoria: un lugar donde la cultura no se guarda en vitrinas, sino que se vive cada fin de semana, al aire libre.
En el Bogotario, las paredes hablan. Cada mural, cada trazo y cada firma son parte de un diálogo urbano que combina rebeldía, memoria y belleza. Lo que hace unos años se consideraba vandalismo hoy se ha transformado en una expresión artística reconocida y en un atractivo turístico que seduce a locales y visitantes.
El graffiti ha pasado de ser una manifestación marginal a ocupar un papel central en la construcción de la identidad de la ciudad. Jóvenes artistas han encontrado en el arte urbano un canal para contar historias, expresar inconformidades y reivindicar sus barrios. En sectores que alguna vez fueron sinónimo de deterioro o inseguridad, ahora florecen coloridos murales que devuelven vida y sentido de pertenencia a la comunidad.
La capital ha aprendido a convivir con esta forma de arte, generando espacios de diálogo entre creadores y habitantes, y promoviendo rutas donde el graffiti se convierte en patrimonio visual. Gracias a la calidad de las obras y al compromiso de quienes las realizan, Bogotá se ha consolidado como uno de los mayores museos al aire libre de América Latina.
Este fenómeno no solo embellece el paisaje urbano. También resignifica la relación de los ciudadanos con su entorno. Al recorrer lugares emblemáticos del centro y del occidente de la ciudad, es posible descubrir cómo el arte callejero ha contribuido a revitalizar zonas antes olvidadas, demostrando que el color también puede ser una forma de transformación social.
El graffiti bogotano, con toda su mezcla de legalidad y transgresión, de aceptación y controversia, representa hoy una de las expresiones más auténticas del espíritu capitalino: libre, diverso y en constante cambio.
Frutas de todos los colores y sabores, verduras frescas, granos y cereales para todos los gustos, productos lácteos, proteínas, hierbas para darle una sazón especial a cada platillo, flores que le dan un empujoncito para conquistar cualquier corazón, y espacios para degustar el sabor de la gastronomía local, todo en un solo lugar: las plazas de mercado.
Eso sí, las plazas de mercado son mucho más que espacios de compra y venta, allí se encuentran el campo y la ciudad, se garantiza el abastecimiento de alimentos frescos y se mueve gran parte de la economía local, por lo que son una fuente esencial de empleo para miles de familias.
Desde la mirada del patrimonio cultural, estos lugares son verdaderos referentes históricos: guardan tradiciones, conservan prácticas, oficios y quehaceres que se han transmitido entre generaciones y cuentan, a su manera, cómo ha crecido y se ha transformado Bogotá.
Su valor histórico tiene una estrecha relación con el origen y desarrollo de la capital del país; quizás no lo sabías, pero desde la época colonial las plazas de mercado, ubicadas a cielo abierto en las principales plazas y parques de la ciudad, eran lugares de intercambio comercial y de encuentro social, a lo que hoy llamaríamos: hacer contactos, debido a la interacción entre distintos grupos sociales.
En esa época existía la plaza Mayor (hoy plaza de Bolívar), la plaza de San Victorino, y la plaza de San Francisco, plaza de la Yerba o “mercado viejo”, hoy conocido como plaza Santander; sin embargo, mientras la población de la ciudad crecía y se instauraban barrios alejados del centro, se dio paso a nuevas plazas de mercado.
En la actualidad, “en la ciudad se pueden contar 64 plazas de mercado, de las cuales 45 son gestionadas por actores comunitarios y entidades de carácter privado. Algunas se organizan de forma itinerante en parques, predios al aire libre, calles concurridas y pasajes comerciales, y otras, en espacios construidos”, destaca la publicación ‘Plazas de mercado en Bogotá. Patrimonio vivo’, del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural.
Mientras que, 19 de estas 64 son de carácter público, gestionadas desde el 2006 por el Instituto para la Economía Social (IPES), las cuales te invitan a caminar sin prisa, a dejarte tentar por sus aromas, y a descubrir las historias guardadas entre sus puestos y pasillos.
¿Dónde están ubicadas las plazas distritales de mercado en Bogotá?
A continuación, encontrarás un directorio de las plazas distritales de mercado ubicadas en Bogotá, espacios llenos de tradición, sabor y vida comunitaria que siguen alimentando la historia de la ciudad:
Una nueva cápsula de Bogotour nos invita a explorar un tesoro científico escondido en Teusaquillo: el Museo Geológico Nacional ‘José Royo y Gómez’, parte del Servicio Geológico Colombiano. Acompáñenos en un recorrido cuidadoso por sus salas, resaltando piezas representativas de la evolución geológica y paleontológica de Colombia.
Un boleto directo a la historia
Este museo, fundado en 1938 y abierto al público en 1939 bajo la dirección del geólogo José Royo y Gómez. Al adentrarse en las vitrinas, destaca la impresionante colección de más de 40.000 piezas, entre rocas, minerales y fósiles, con alrededor de 3.000 objetos expuestos permanentemente. Allí se exhiben fósiles emblemáticos como el plesiosaurio Callawayasaurus, el mastodonte de Pubenza y el perezoso gigante de Villavieja, junto a réplicas a escala natural que impresionan por su fidelidad.
En Bogotour conversamos con paleontólogos y guías, quienes explican el valor educativo y científico del museo. Se observan los dioramas que reconstruyen ambientes prehistóricos: desde el Devónico marino de Boyacá, hace 400 millones de años, hasta la época del Pleistoceno andino con tigres dientes de sable y gliptodontes. Esta museografía permite a los visitantes “viajar” por el tiempo a través de escenas tridimensionales y objetos originales.
Además, le contamos todo sobre la riqueza mineral de la colección, mostrando especímenes de rocas ígneas, sedimentarias y metamórficas, y minerales de diversos grupos, muchos de ellos catalogados durante expediciones como la Comisión de Vertebrados (1944–1949).
Recuerde que usted tambié puede hacer el recorrido con ingreso libre, visitas guiadas de martes a viernes, y horarios especiales para colegios. Su ubicación junto a la Universidad Nacional y el fácil acceso a través de TransMilenio lo convierten en un plan ideal tanto para familias, como para estudiantes y turistas.
El Museo Geológico no es solo un sitio de exhibición, sino como un espacio vivo de investigación, conservación y apropiación social de la ciencia, que conecta a los visitantes con millones de años de historia natural.
Esta cápsula resulta imperdible para quienes se sienten atraídos por la geología, la paleontología y las historias profundas que narran las rocas y los fósiles. Más allá de su valor histórico, el museo demuestra que el conocimiento científico puede ser al alcance de todos, a solo unos pasos del centro de Bogotá.
*Este contenido es financiado por el Fondo Único de TIC.
En Bogotá, los paseadores de perros se han convertido en una figura clave del paisaje urbano. Más que un oficio, su labor refleja cómo la ciudad ha cambiado; viviendas más pequeñas, jornadas laborales más largas y una creciente preocupación por el bienestar animal han hecho que este servicio sea no solo común, sino indispensable.
Cada día es más frecuente ver perros recorriendo parques, ciclovías y calles acompañados de sus paseadores, quienes organizan rutas, agrupan animales según tamaño y temperamento, y combinan disciplina con afecto. Este trabajo ha generado una red invisible de afectos entre humanos y mascotas, al mismo tiempo que moldea nuevas dinámicas de convivencia en el espacio público.
Bogotá es una de las ciudades con mayor tenencia de mascotas en Colombia, solo detrás de Medellín y Cali. Se calcula que el 40% de los hogares bogotanos tiene al menos una mascota, siendo el perro la preferida. Las razones detrás de este aumento son múltiples: cambios demográficos, hábitos de consumo, búsqueda de compañía o apoyo emocional, e incluso la protección que estos animales brindan en los hogares.
El oficio de paseador de perros surgió en Bogotá a finales de los años noventa, inicialmente en sectores de clase media-alta como Chapinero Alto y Rosales, y hoy se ha extendido a distintos barrios y clases sociales. La comunidad de paseadores es diversa. Jóvenes, adultos mayores, mujeres cabeza de hogar, profesionales en veterinaria o etología, y emprendedores que ven en esta labor una oportunidad sostenible y vocacional.
Más allá de la economía, los paseadores tienen un impacto directo en la vida de la ciudad. Su presencia constante en el espacio público no solo asegura el bienestar físico y emocional de los animales, sino que también fortalece la convivencia comunitaria. Para muchos dueños, representan una solución ante la falta de tiempo para atender a sus mascotas, garantizando que reciban ejercicio, socialización y atención constante.
Su labor demuestra que los cambios en la vida familiar, laboral y social de Bogotá han dado lugar a nuevos oficios, nuevas formas de conexión afectiva y nuevas maneras de habitar la ciudad. Pasear perros en Bogotá es, en definitiva, un acto que une humanos, animales y ciudad en un mismo ritmo.